La espada del diablo (I)

Cuando se realizó la primera prueba de un arma nuclear en el desierto de Alamogordo, los científicos barajaban la posibilidad de que la detonación consumiera todo el oxígeno de la tierra, acabando con la vida en ella. Pero los japoneses se enrocaban en los peñascos del Pacífico y los soviéticos comenzaban a mirar al teatro asiático tras darle la puntilla a Hitler, por lo que la nueva arma se probó confiando en que no pasara nada.

Al final la humanidad no pereció ahogada en su propia temeridad y el ensayo resultó todo un éxito. Pero surgía ahora un problema, había que transportar la bomba al teatro de operaciones. 

En Tiburón, el capitán Hunter Quint, contratado para dar caza al escualo asesino, narra la historia de su barco: el USS Indianápolis; de cómo fue atacado por un submarino japonés y cómo los tiburones asiáticos devoraron a muchos miembros de la tripulación. Ese barco (que existió) fue el encargado de transportar el proyectil de Uranio para Little Boy, la bomba que sería arrojada en Hiroshima. Fue hundido pocos días después de entregar el cargamento cuando volvía a su base.

Quién sabe si la historia hubiera sido diferente si el submarino japonés hubiera hundido al Indianápolis antes de entregar la bomba. En cualquier caso, el 6 de agosto fue lanzada sobre Hiroshima desde un bombardero B-29 modificado para la ocasión, cambiando el mundo para siempre.

Antes de que se apagaran los últimos ecos de los disparos de la segunda guerra mundial, los estados mayores de las potencias vencedoras comenzaban a planear la tercera. La bomba atómica había dado una ventaja insuperable a los Estados Unidos sobre la URSS, a la que se veía como una amenaza mayor que el nazismo, pocos meses después de que fuera tomada Berlín.

Los mandos del Pentágono pensaron que podrían aprovechar la situación de monopolio atómico y bombardear con cerca de 300 bombas nucleares, 200 objetivos en más de 100 ciudades, para acabar con el 85% de la producción industrial de la potencia comunista, antes de que sus tanques arrollaran las exhaustas fuerzas aliadas que comenzaban a replegarse del teatro europeo. Era el llamado "Drop shot plan" que preveía usar 100 bombas para acabar con gran parte de la aviación enemiga antes de que despegara.

Pero desplegar una fuerza de bombarderos tan colosal como la que sería necesaria para llevar a cabo semejante ataque no hubiera sido un secreto para nadie, por lo que el factor sorpresa hubiera sido nulo y el éxito de la misión poco probable. Los bombarderos sin una escolta de cazas son vulnerables como una ballena en una piscina.

Llegamos a 1957. En Liverpool abre The Cavern, donde pronto se coronará uno de los mejores grupos de la historia, se crea la Comunidad económica europea y en Barcelona se inaugura el Camp Nou. Mientras, los aliados miran aterrados al cielo. Allí, en la negrura del espacio infinito, un pequeño satélite soviético orbita alrededor de la Tierra proclamando a las ondas la superioridad comunista.

Los americanos, que llevan años atascados con el proyecto Vanguard, se preguntan cómo demonios han podido conseguir esos malditos rojos el empuje necesario para superar la gravedad terrestre. Poco después lo descubrirán. Los rusos han usado una solución que haría morir de placer a un profesor de materialismo histórico de la Academia Lenin. Mientras los americanos se afanan en crear un cohete por etapas viable (si teneis en mente el despegue del Apollo 11 sabréis cómo funciona) los soviéticos han tirado por la rama cooperativista: unir un montón de pequeños cohetes al principal para obtener la fuerza necesaria que eleve al cohete hacia el espacio. Cualquiera que haya jugado a Red Alert, se habrá fijado en que los cohetes nucleares que podemos lanzar si jugamos con el bando soviético, son de este tipo.

Hay una novela de Ken Follet "Doble juego" que narra, a través de una historia de espionaje algo previsible, la situación desesperada en la que se encuentran los científicos americanos días después del éxito del Sputnik. ¿Por qué? El Sputnik en si es un pedazo de chatarra, lo importante es el cohete, pues lo próximo que lancen los soviéticos puede que sea una cabeza de guerra y de la única forma que puedan responder ellos sean con sus vulnerables bombarderos.

Se inicia así la frenética carrera espacial, no para alcanzar la gloria intemporal sino la supremacía militar. Finalmente los americanos lograrían hacer orbitar un satélite, llegarían a la luna y se proyectarían bases de misiles lunares y estaciones espaciales militarizadas (al estilo de Space Cowboys), pero esa es otra historia. Lo importante como decía, son los cohetes.

Mientras se lleva a cabo esa lucha de mentes, el desarrollo de la industria nuclear civil sigue adelante. En las revistas científicas se realizan previsiones de futuro en el que todo funcionará con la poderosa energía del átomo. Coches, cocinas, trenes, tanques, jet packs, barcos... todo lo que se mueva, es susceptible de usar como motor, un generador nuclear.

De hecho a lo largo de la guerra fría se desarrollan diversos proyectos: rompehielos, portaaviones, submarinos, incluso un tren llegó a realizarse (aunque apenas estuvo operativo) Las ventajas de un reactor nuclear son dos: una gran autonomía y son muy silenciosos.

Los submarinos aparecieron en la primera guerra mundial, haciendo los alemanes un uso intensivo de ellos, hundiendo mercantes en el Atlántico, hasta el punto de que podrían haber hecho mella en el esfuerzo de guerra aliado de no haber terminado la guerra tan abruptamente. En los primeros meses de la segunda guerra mundial parecía que la situación sería igual de favorable para los germanos, cuyos sumergibles patrullaban como manadas de lobos las aguas del Atlántico y el Mediterraneo en busca de presas. Los aliados desarrollaron entonces el sonar, que recogía los sonidos del fondo marino. Los submarinos usaban un motor diesel que hacía bastante ruido siendo facilmente detectables por los sonares de los destructores que acompañaban a los convoyes que cruzaban el océano diariamente. Debido a ello, dejaron de ser una amenaza para convertirse en una simple molestia.

Pero como decía, un reactor nuclear apenas hace ruido y ¿qué tenemos si juntamos uno con un submarino? Un sumergible indetectable (a grosso modo vaya) ¿y si le añadimos la posibilidad de transportar misiles?: un arma de guerra definitiva.

Se forma así la tríada nuclear: Bombarderos, submarinos y misiles. Diseñada para tener una amplia capacidad de respuesta en caso de ataque. Pueden eliminar tus silos de misiles o tus bombarderos, pero te quedarán los submarinos para responder. Esta será la columna vertebral del poderío bélico de las dos superpotencias.

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