La vie en rose

Queda establecido que a los cónyuges de primeras nupcias se les regalará una Pantera Rosa por parte de cada invitado a la ceremonia. A los de segundas nupcias, dos Pantera Rosa por año que estuvieron casados. A los de terceras nupcias no les llaméis gilipollas que bastante tienen con lo suyo.
Código de Hammurabi 1750 a.c.
 
 

Oriente Medio esta en llamas, el este de Europa levantándose en armas, Occidente inmerso en una crisis de identidad y liquidez, y en un escenario típico de una distopía cyberpunk, nuestras vidas están controladas en las redes y ahora pretenden controlar nuestras finanzas con la eliminación del dinero físico. Pese a todo, aún había esperanza en un futuro mejor.
 
Esperanza que ha sido machacada por un directivo desconocido, acaso el Anticristo en persona. Si todo apunta a que pronto será necesario el número de la bestia para comprar y vender tal y como predice el Apocalipsis (va a llegar), ha sido ahora cuando las trompetas de los arcángeles (o un avión ucraniano) han comenzado a sonar anunciando la ruptura del séptimo sello: ¡le han cambiado el sabor a los Pantera Rosa!
 
Me encontraba el otro día alegre y dicharachero paseando por unos grandes almacenes. El calor anticipado del verano calentaba mis venas y descongelaba la máscara helada que congestionaba mi rostro en una desagradable mueca de gélido disgusto (aquí me estoy tirando el pisto porque en Málaga no ha hecho frío en la vida) transmutándola en un gesto de paz y conciliación universal. En resumen, había follado. Vale, ya lo he dicho. Y para celebrarlo iba a coronar la "Roboto Experience" con el bocado más delicioso que el ser humano haya podido paladear, una explosión de nata recubierta de una sustancia rosa cuya fórmula es más secreta y deseada que la de la Coca Cola.
 
Y allí que me fuí, sección Panadería: una señora con las mechas californianas examinaba la fecha de caducidad de un paquete de donuts. El niño que le acompañaba de pie en el carro de la compra alargó el brazo, agarró una baguette y arrasó un puesto de cupcakes que formaban una piramide que se alzaba a su siniestra, albergando en su interior el cuerpo decrépito y embalsamado de un Miguelito, que quedó expuesto a las miradas vergonzantes de los compradores.
 
Las cupcakes volaron erráticamente antes de caer al suelo y ser degradadas a simples magdalenas, dos por el precio de una, el descuento de los pobres que se comen cualquier cosa. La señora de mechas pasadas de moda se echó las manos a la cabeza, más literal que metafóricamente.
 
- Hay que ver Miguelito la que has liado.
 
Y ahí vi una señal cósmica, la prueba de que existe un orden que hace que la influencia del falso Miguelito sea destruida por un Miguelito redentor de seis años y cara de Chihuahua. Jamás pensé que en pleno siglo XXI siguieran existiendo niños con ese nombre. Vaya por ellos este post.
 
La madre lanzó finalmente dos paquetes de donuts al interior del carrito. Miguelito trató de rematarlos con su pierna diestra pero se ve que el niño era zurdo y el puntapié golpeó la pared metálica hiriendo su orgullo y su dedo gordo. Ambos se alejaron de aquel suelo preñado de muerte a la mayor velocidad posible.
 
Esquivé las magdalenas con cuidado. Un encargado se acercó a comprobar el desaguisado. ¿Qué ha pasado?, preguntó a la panadera tras el mostrador de al lado a la que todo aquello le traía sin cuidado. Durante un instante me quedé a la expectativa, esperando que se me acusara de un acto que no había cometido y me obligara a sobrevivir como comprador en los ultramarinos del barrio buscado por la justicia del Mercadona. Pero la chica maquillada de harina y con restos de masa por complementos se encogió de hombros y continuó rascándose el... De todas formas yo allí no compro el pan.
 
Me acerco a los anaqueles de la pastelería industrial, al lado están los dulces recién horneados: más frescos, más sanos, más caros... Que sí, que están buenos, pero me decanto más por lo artificial y llamativo, por un sabor exótico que no dudas en devorar por muy dañino que sea, visualmente atrayente y poco saludable, como cuando escoges a la china en un puticlub (o eso me han dicho.)
Paso la vista por las baldas con deleite. Allí hay grasas transgénicas para acabar con la ciudad de Pskov y causar diabetes tipo A a los supervivientes de las poblaciones vecinas; todo un surtido de marcas de distinto pelaje que en un momento u otro han pasado por mis manos. Todas me tentaban, pero me resistí, pues lo que ansiaba no era otra cosa que ese pack de tres Pantera Rosa que yacía majestuoso junto al infame Bony y al siempre sobrevalorado Tigretón.
 
Me hice con un paquete y me dirigí a la caja con el pensamiento del sabor del manjar que protegia entre mis manos deleitando mi boca.
 
- Señórita Encarna acuda al pasillo 3. Otra vez han tirado las magdalenas - crepitaron los altavoces.
Una señora armada con una escoba y un recogedor pasó frente a mi lado refunfuñando.
 
- Putos modernos - le oí decir antes de perderse en el laberinto de estantes.
 
Llegué a casa movido por el ansia y el deseo. Me encerré en mi habitación, bajé la persiana, me desnudé y en el ordenador no tardé mucho en encontrar un tema de Barry White que relajara el ambiente. Hacía un calor infernal, con una temperatura más cercana a los jardines del Hades o Valencia que a las que se pueden disfrutar en la costa en fechas tan tempranas.
 
Antes de poder dar un bocado tuve que padecer otro de los males del capitalismo: el sobreempaquetado. ¿Hay algo más ridículo que una bolsa de magdalenas llena de bolsitas de una magdalena? Es la prosopopeya hecha carne o masa, una bolsa madre de magdalenas que va a dar a luz a sus pequeñas retoños magdalenas, que serán arrebatados de su regazo no bien dé a luz para satisfacer la gula de algún depravado humano.

 
 Alegoría
 
Como iba diciendo, abrí una bolsa, y me encontré con 3 pastelitos embalados en coloridas bolsas. Cogí uno de ellos, lo abrí, lo contemplé extasiado durante unos instantes en los que la duda se abrió paso entre la espesa jungla de deseo que recubría mi consciencia. Había algo raro en el color de la cobertura. No era el mismo rosa. ¿Acaso era el indicio que llevaba esperando, maléfico anunciador de que estaba necesitado de una visita a la óptica? Había otra cosa mal: el tacto. Suave, blando hasta rozar lo pringoso... No quise pensar más y le di un bocado poniendo a prueba mi fé en los bollos.
 
No lloré cuando derribaron el muro de Berlín, con lo que había costado levantarlo, no lloré cuando mostraron por la tele el cormorán cubierto de petróleo de la guerra del golfo, no lloré cuando le quitaron las Olimpiadas a Madrid (de alegría, se entiende), no lloré cuando dispararon a J.R., no lloré cuando vi a Emilio Aragón con deportivas y esmoquin, no lloré con la muerte de Chanquete ni la de David el gnomo (bueno igual con este sí), pero cuando las papilas gustativas de mi lengua se abrieron para recibir el néctar rosado y embriagarse con su dulzor único, y se encontraron con... aquello, una lágrima gorda como la cabeza de un panda cabezón surcó mi mejilla derecha, marcando el camino a decenas de sus compañeras.
 
Saqué la cabeza por la ventana y empecé a soltar improperios en todas las lenguas que conozco y como un pedazo de bizcocho se me fue por otro lado y comencé a toser y gruñir sin parar, igual algo dije también en klingon.
 
- Ya está el del quinto pagando su frustración vital con las vecinas. - escuché decir dos pisos sobre mí.
 
- Y eso que ayer folló - replicaron tres plantas más abajo.
 
- ¡Su hija habla demasiado! - grité antes de volver adentro para continuar sufriendo en silencio.
 
Aquello no podía ser verdad. Ya llevaba a mis espaldas un rosario de decepciones: la UCD, los conguitos blancos, el test "¿Pones cachonda a tu compañera de pupitre?" de la Superpop en el que saqué un 90% pero al final no, la carrera artística de Guns´n´roses, Matutano, la transición, las tetas de la Amparo, la película de Batman y Robin, el paseo marítimo de Torreblanca, David Hasselhof con barba, el reloj calculadora, el último capítulo de Lost, el búlgaro inverso (que tampoco está tan mal, ojo),  los flash de a 5 pesetas, la china del Amberes Hot, el chiste del perro Mistetas, Pdr Snchz, la nueva interfaz de Facebook... pero nada, nada se podía comparar a aquello. El sabor de los Pantera Rosa era único. No había nada en el mundo que se le pudiera comparar. Sí, se habían lanzado multitud de productos al calor del éxito del bollo padre: helado de Pantera Rosa, roscas rosa, sencillos pastelitos rectangulares... todos muy buenos pero ninguno había sido capaz de rozar el sabor de aquella sustancia rosada. Los agentes del KGB solían acudir diariamente al supermercado o panadería de su barrio para hacerse con unos cuantos y llevarlos a la Rusia soviética, donde los mejores científicos comunistas intentaban recrearlos, sin éxito conocido. Y ahora, lo habían cambiado. Ya no existía. El mundo se había quedado huérfano de uno de sus sabores más originales.
 
Movido por la frustración y la ira, me dirigí a la web de Bimbo, empresa creadora de los pastelitos y les envié un mensaje muy educado, no sin antes hacerme una paja para relajarme un poco y no soltar sapos y culebras que reducirían cualquier posibilidad de que se tomaran en serio mi misiva. Esto igual no tendría que haberlo contado pero no creo que os vayáis a asustar a estas alturas. El mensaje decía tal que así:
 
 
 
Todo muy correcto y sin incluir el término "hijos de puta" en cada renglón. El onanismo es a la diplomacia lo que el Valium a las menopáusicas o una Harley Davidson a los pitopáusicos. 
 
Mientras esperaba respuesta por parte del community manager de turno, me abandoné al peligroso placer de la nostalgia, a recrearme en los buenos momentos vividos en compañía de mi rosado amigo. No sin antes preguntarme si había hecho bien en escribir una carta a una gran corporación, que seguro que edita una revista con cientos de quejas como la mía para que sus directivos desayunen riéndose mientras las leen. Desterré esa idea de mi mente enseguida. Merecía una respuesta. La Pantera Rosa había hecho mucho por mí. Como aquella vez en la aduana de Montreal en la que, inocente de mí, declaré que llevaba peligrosa carne en mi maleta. Me condujeron a una amplia sala vigilada por decenas de cámaras que en ese momento me apuntaban a mí, por si se me ocurría sacar una pistola y amenazar a los 12 guardias que se encontraban en ese momento allí, de pie sin hacer nada.

Tras una breve conversación con el agente de aduanas, en un inglés tan deplorable que a punto estuvo de hacer que me deportaran, me conminó a que abriera la maleta. Lo cual hice diligentemente. Es curioso cómo la posibilidad de ser acribillado por contrabando de jamón serrano hace que tu cerebro trabaje con tanto ahínco como para entender sin problemas la frase: Abre o te pegamos un tiro en un idioma que no es el tuyo.

No lo dijo así, pero cuando desplegué en la mesa toda una colección de embutidos y quesos de la tierra, seguro que se le pasó por la cabeza. Lo último que saqué, escondido entre la ropa interior y las camisetas con mensajes chistosos, fue un paquete de Pantera Rosa que el agente se quedó mirando durante unos instantes. Hizo que me temiera lo peor. Como me confisquen los pastelitos cojo el paquete, salgo corriendo como en Dos hombres y un destino y que en mi biopic póstumo mi papel lo interprete Vin Diesel, pensé mientras comenzaba a sudar copiosamente por el estrés.

Pero no fue así. Su atención se dirigió de inmediato a una lustrosa caña de lomo envasada al vacío. Duro y sabroso como el miembro de Peter North le dije tratando de ganarme su amistad con aquella chanza. Igual no fue el mejor comentario que pude hacer porque su cara enrojeció y pude distinguir el humo saliendo de sus orejas.

- ¿Qué es? - me preguntó sin mirarme a los ojos no le fuera a pegar algo.

Haber vivido en la España pre libre circulación de ciudadanos hacía que hubiera escuchado mil y una historias sobre los guardias fronterizos, así que reconociendo el carácter mahometano del agente, le comenté que se trataba de un embutido que hacíamos en mi región con cordero. Farfulló algo y se llevó la caña de lomo para, supuestamente, incinerarla. Si infringió la ley y se la comió con sus compañeros, sé de alguien que va a arder en el infierno musulmán... Empaqueté de nuevo mis cosas y tras salir del aeropuerto me comí los pastelitos. Era eso o tirarme en el suelo de la terminal presa de los nervios.

Recordar todo esto me llevó dos días, tras los cuales recibí respuesta a mis cuestiones. No reproduzco el mensaje del CM de turno por motivos legales, pero entre las líneas típicas con las que se pretende apaciguar el ardor guerrero de los cuatro colgados que se quejan por las cosas, pude entrever que me sugería que habían cambiado la fórmula del pastelito para hacerlo más sano y equilibrado.

Podría llegar a pensar que lo hubieran hecho para evitar futuros litigios por enfermedades causadas por el tinte rosa, pero entre tantas dioxinas, polución ambiental, tantas grasas saturadas, contaminación radiactiva, tanto rabo de toro en las comidas (si sois asiduos a las discotecas)  ¿quién iba a culpar a un inocente pastelito de una epidemia de muertes inexplicables entre la generación E.G.B.? Si podemos fumar, beber alcohol, fumar vegetales o escuchar Techtronik, ¿por qué no nos podemos matar suavemente con un Pantera Rosa? ¿Para eso voté la Constitución?

Quizás debería haber sido más duro en mi mensaje y preguntar a qué sucio polígono industrial tenía que ir para lamer de un perolo pringoso los últimos restos de la dignidad pastelera que recubrían mis recuerdos, todo ello preñado de una retahíla de insultos, que hubieran surgido de mi pluma como un géiser de mala educación si no pasara las tardes masturbándome con las fotos que me envían por Whatsapp. Pero el pobre encargado del servicio de atención al cliente no tenía la culpa de nada. Por cierto, desde aqui le mando al encargado un abrazo si es un señor con bigote y una invitación a cenar si es una chica soltera o con ganas de vivir la Roboto Experience.

Los hippies en los 60 temían convertirse en un simple número en el entramado de corporaciones que empezaba a sustituir al estado en aquella época. Pensaban que se convertirían en una simple billetera con patas y tendrían que pedir cita en la peluquería en lugar de que una chica llamada Flor de Amapola les cortara el pelo en topless mientras se fumaban un canuto. Pero hemos llegado más lejos que eso. Adelantamos al futuro por la derecha y ahora esos hippies dirigen las empresas que juegan con nosotros, ya no somos nada, ni siquiera un cliente a contentar pues nos tragamos todo lo que nos echen, y callamos. Hoy es el sabor de la Pantera Rosa. Mañana será el derecho a voto. Y mientras tanto, solo nos queda recordar aquel sabor único, como se recuerda el sabor de los labios de tu primer amor.

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