En Laponia hace frío

Cruel, despiadado, inmune a las súplicas, sin remordimientos, sin conciencia de algún tipo... Así es el frío, enemigo despiadado de los invasores de la santa Rusia, elemento fundamental en el devenir histórico, y algo muy sufrido de vivir cuando tienes que ir a trabajar a las 7 de la mañana.

Con todo, no se puede decir que los dos inviernos que he vivido aquí hayan sido demasiado duros para lo que son los estándares canadienses, pero para alguien acostumbrado a pasear en ropa interior durante todo el año y a pernoctar en las más variopintas comisarias, el contraste fue algo más que notable: fue catastrófico. Aun así tuve la suerte de vivir el cambio en el clima de forma gradual, desde las destempladas mañanas de verano hasta las gélidas noches de invierno, pasando por un amplio abanico de temperaturas, con lo que tuve tiempo de adaptarme y conocer las reglas de supervivencia a bajas temperaturas (además me vi un par de episodios de "El ultimo superviviente" y me leí el manual de operaciones de combate en el Ártico, por lo que si algún día me encuentro con un comunista, ya se como acabar con él y luego comérmelo para obtener valiosas proteínas)

La regla nº 1 a la hora de salir a la calle, pues tenemos claro que por desgracia no podemos quedarnos en casa siempre, es la teoría de la cebolla. De nada vale cubrirnos únicamente con un voluminoso abrigo de chinchilla, si acaso existe ese mítico animal o como muchos pensamos, no es más que un sinónimo de rata adinerada. Si tienes pareja es distinto pues vestido así solo puedes ir a un lado y el furor "interior" hará que no sientas el frío ni el calor ni ninguna sensación que no comience en tu bajo vientre, pero para los solteros lo más aconsejable es portar varias capas de ropa al estilo de las "plañideras" verduras, para que las bolsas de aire que se forman entre ellas, impidan que el calor que irradia el cuerpo escape a la atmósfera y con él, pedazos de nuestra vida.

Otra cuestión importante es el calzado, sobre dos pares de calcetines por supuesto. Botas duras y que cubran por encima del tobillo son esenciales pues en no pocas ocasiones deberemos meter la pierna hasta la rodilla en la fría y húmeda nieve. En cualquier caso, no hay que preocuparse, pues no es muy difícil encontrar en las tiendas calentadores de pies y manos con los que evitar la aparicion de sabañones y la pérdida de valias falanges cuya ausencia dificultaría nuestra vida sexual (el que la tenga). Otras prendas con las que proteger nuestro busto, y cuando digo busto no me refiero a los pechos, que para protegerlos a esos ya están mis voluntariosas manos, son la socorrida braga con la que cubrirnos hasta la nariz, el típico gorro de lana que nos librará de un buen dolor de cabeza en mas de una ocasión y algo que yo llamo la "cuellera", una prenda de lana circular no muy extensa con la que cubrir nuestro cuello, pues aquí las bufandas son para vestir durante el otoño. No son nada prácticas en invierno. Para aquelllos que sean cuellilargos, puede que les quede algo corta, pero para los Fernando Alonso del mundo, les sobra la mitad.

Otro complemento que nunca viene mal son unas orejeras, calcetines con pilas para calentar los pies mas fríos, y pantalones de nieve, que nos protegerán de ella y nos calentaran por un módico precio. Si, y todo eso debes ponerte cuando te despiertas tarde y debes salir de casa en cinco minutos. Hay veces en que es mejor perder una falanga, total, para lo que lo voy a usar.

En cualquier caso, no hay que tomarse a risa el frío, ni pensar que porque estamos en un lugar donde es posible la vida humana (algunas casas hay por aquí), no nos va a pasar nada. En cierta ocasión tuve que volver a casa a eso de las 8 de la tarde, siendo noche cerrada y con el vaho helado empapando mi ropa mientras caminaba durante 3 o 4 kilómetros a más de una decena de grados bajo cero. Cometí el error de no proteger demasiado mis piernas y pronto empecé a sentir un leve dolor en las pantorrillas que a medida que pasaban los minutos se fueron volviendo rojizas (no es que las mirara en ese momento pero es lo que suele ocurrir) para a continuación ser asaeteadas por centenares de frías agujas cuyo dolor se hizo patente hasta que llegó un momento en que me veia caminando sobre una nube pues había dejado de sentir las piernas. Basta con ponerse en la piel del veterano John Rambo para saber que no es una sensación agradable que no recomiendo a nadie.




Verlo y entrarte un ligero escalofrío, es todo uno.

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