Cabalgando a lomos del espiritu del viento

Como recordareis, hace unos meses puse en venta mi bici. Hasta el día de hoy nadie la ha comprado, y no lo entiendo, porque regalaba dos entradas para la final de la Eurocopa. Así que tenia dos opciones: tener un pedazo de aluminio estorbando en el aparcamiento o repararla. Lo de tirarla a la basura acabo de pensarlo ahora mientras escribo esto. En fin, a partir de ahora, antes de hacer algo escribiré el post contándolo. El caso es que decidí rascarme el bolsillo y pagarle una caña al mecánico, pues me cobró menos de lo que pensaba.

Ahí estoy yo, con mi recuperada bicicleta entre las piernas, deseando quemar millas. Y nada mejor para estrenarla que el eterno paseo marítimo, escenario de sueños y frustraciones por igual, avenida privilegiada para ancianos y gentes forzadamente ociosas. Pero para llegar allí tengo que atravesar antes la ciudad.

Tras varios minutos de viaje, mi ciudad me parece la más triste del mundo; no por el cielo plomizo ni las obras que tratan de reactivar la economía local, ni por los locales vacíos, los negocios fallidos o la gente que camina cabizbaja inmersa en sus problemas, sino porque cada rincón guarda un recuerdo que se clava en mi garganta impidiéndome respirar. Aprieto los dientes y paso a toda velocidad por un café a media mañana, un beso furtivo bajo el sol del mediodía, un abrazo mientras el ocaso se alza, un te quiero bajo las estrellas...

Llego al fin a la calle que va a desembocar al mar. A la izquierda unos escandalosos gemidos atraen mi atención. Vienen de unas pistas de pádel en las que las clases pudientes del pueblo van a descargar adrenalina antes de enfrentarse a la jungla diaria del centro comercial.

Dos parejas de chicas se enfrentan en un agotador partido a juzgar por sus sudorosas y ajustadas camisetas. En otro tiempo ya me hubiera pegado como una lapa a la mampara de cristal que las resguarda del exterior. Ahora sin embargo, me parece un patético espectáculo deportivo, pues en el fugaz vistazo que les dedico, a una de ellas se le escapa la raqueta y otra le da un pelotazo en el estomago a su compañera.

Me alejo de allí con sensaciones encontradas, entre las que no se incluye la excitación carnal por el movimiento jadeante de aquellos pechos firmes tratando de dejar libres a los pulmones para que cumplan su función. Hay quien dice que la gente nunca cambia. No estoy de acuerdo, en cuanto acumulamos experiencias vitales que van moldeando nuestro pensamiento y nuestro comportamiento. La gente cambia, lo difícil es saber cuándo.

El inconfundible olor a salitre anuncia mi llegada a la playa. Las extensas aceras del paseo se encuentran abarrotadas de ancianos. Son como los caracoles, en cuanto el tiempo da una tregua y la fuerza del sol supera a la debilidad de sus músculos, toman las calles para disfrutar del más pequeño rayo de luz, sabedores de que pueden estar recorriendo sus últimos metros en la carrera de la vida. Sobre todo si alguno tiene la mala suerte de hacer un movimiento extraño y se interpone de repente en mi camino.

También aquí el suelo está empedrado de experiencias inolvidables, pero la velocidad diluye los recuerdos, a los que voy dejando atrás intentando no pensar en ellos. Imposible, son más rápidos.
Me detengo junto a una fuente para refrescarme con el fino hilo de agua que surge del caño. Falta mucho para el verano y el otoño ha dejado buenas reservas, pero el ayuntamiento no se decide a decretar el fin de las medidas anti-sequía. En la arena que se extiende a mi lado, puedo ver una tarde de caricias y mar, abrazos húmedos entre un puñado de críos que se divierten lanzándose arena... Creo que he corrido demasiado. ¿Para qué? Antes tenía su libidinoso propósito, pero el corredor que esquivaba suecas y ponía sus ojos en los biquinis más atrevidos, hizo las maletas y se fue. Sólo queda su eco en el tiempo y una deuda imposible de pagar.

Un coche se detiene a pocos metros de mi. De él desciende una pareja joven. Irán a pasear o de compras por las tiendas de los alrededores, pienso para mi. Se sientan en un soleado banco. De su bolso, ella saca un libro para si y el Marca para él. Los dejo allí, leyendo y diciéndome a mi mismo, que de ser ellos, estaría haciendo otras cosas más...bueno, supongo que incluso de eso se cansa uno. Si hay alguien que pueda confirmarlo que lo haga en los comentarios.

El cielo comienza a cubrirse. Espesos nubarrones devoran el sol y los ancianos huyen en desbandada hacia sus refugios. Es hora de volver a casa.

Desciendo por la rampa del aparcamiento de mi casa con el corazón cansado. No volveré a coger la bicicleta jamás. Fuera comienza a llover. Me pregunto cuando acabará este invierno...

6 comentarios:

  1. Dado que este es el foro habilitado a los comentarios sobre el tema solicitado ahí va el mio: De leer el marca se cansa uno seguro y de lo otro , salvo honrrosas excepciones como los monos bonobos, tambien.
    Ánimo muchacho!!!

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  2. Yo pensaba que de leer el Marca no se cansaba nadie!!! Lo que aprende uno :P
    Un abrazo Tortlon!!!

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  3. Pues yo creo que leer juntos en un banco del paseo marítimo es romántico... incluso sexy, en determinadas situaciones. Ea. xD

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  4. Bueno Rizos, supongo que si se lee el mismo libro, abrazados, si que puede ser romántico, pero leer el Marca...
    Eso si, lo de sexy si que no lo veo ¿eh? :S

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  5. No se, supongo que si lees el Kamasutra desnudo, entonces si que puede ser algo sexy. Yo es que me he vuelto poco imaginativo en esas cuestiones :P

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