jueves, septiembre 14, 2006
Nada más salir, a punto estuvo de atropellarme una vieja antigualla de los 50, propiedad de algún jubilado y acaudalado finlandes nostálgico de aquellos tiempos en los que podias arrollar a cualquier peatón que se te pusiera a tiro sin temor a sentir el peso de la ley (y de la porra del policía) sobre tus espaldas. Espero que mis improperios hacia su persona se perdieran en el viento y no llegaran a sus oidos, puesto que al fijarme en la matrícula, pude comprobar que se trataba de un vehículo diplomático.
Como no tenia tiempo que perder, continué a la carrera hacia la estación, pero tuvo que cruzarse en mi camino una pin up morena de los años 40, que bien podria haber huido del morro del Enola Gay, y cuyo contoneo de caderas hizo que me desviara del camino marcado, en pos del primitivo deseo de abarcar con mis manos semejante maravilla de la naturaleza.
El oportuno chorro del aspersor de un cesped junto al que caminaba deshizo el hechizo que nublaba mi mente y con la lengua fuera pero a tiempo, pude coger el tren.
Tuve que sentarme al lado de un grunge, superviviente de festivales y drogas varias que torturaba sus oidos con un viejo disco de Pearl Jam y que a juzgar por sus apuntes pronto engrosaria la larga lista de profesores en paro que pueblan el INEM. Rece a todos los dioses habidos y por haber, incluso al muñeco blanco que aparecia en la primera película de los cazafantasmas (a saber lo que habrá ahí arriba), para pasar desapercibido y no tener que soportar una disertación sobre la trayectoria de Nirvana. Por una vez me escucharon y el chaval se quedó dormido. Tuve entonces via libre para disfrutar de mi actividad favorita en un tren: ver qué hace la gente.
En esta ocasión observé un comportamiento muy extraño, aunque el "conejillo de indias" fuera en esta ocasión yo mismo. Una chica me miró de arriba a abajo, estudiandome supuse. A los pocos segundos apartó la vista de mí y no volvió a posar sus bellos ojos en mi persona en todo el trayecto. Bueno, es lo que hace una chica cuando no le gusta alguien, pasa de él y punto. Sin embargo un tio mira a una chica: no le gusta. Se olvida de ella y busca a otras mujeres más guapas con las que flirtear; pero a los pocos segundos vuelve a fijarse en la misma chica. Entonces empieza a preguntarse qué tal estaria con algo de maquillaje y un traje de noche. Decide que ni con la ayuda de un ejército de estilistas podria mejorar su aspecto. Vuelve a pasar de ella, y de nuevo al poco no puede impedir volver a fijarse. Esta vez se detiene en su pecho, se pregunta cómo seran sus senos bajo ese grueso jersey de lana que, ahora que se fija bien, no le queda nada mal. Como el "asunto" no abulta demasiado intenta apartar su vista de ella, pero solo consigue volver la cabeza hacia otro lado un segundo y se dice: "qué demonios, seguro que es muy simpática". Se levanta de su asiento y con una excusa banal inicia una conversación con ella. Y así, es como surge el amor.
En la puerta de la facultad (a todo esto, mi destino) me ofrecieron un folleto (nunca mejor dicho en este caso) en el que una chica con pinta de no haberse enterado de que los hippies de los 60 se reciclaron en los yuppies engominados de principios de los 80, lanzaba encendidas diatribas sobre las virtudes del amor libre, las cuales por supuesto yo compartía punto por punto. No así la atractiva conserje a la que recomendé su lectura y que tras echarle una breve ojeada me lo lanzó a la cabeza a la vez que gritaba indignada que podia ser mi madre; hecho que me subió la moral puesto que la mujer de los 32 años no pasara, lo cual significa que me veo infinitamente más joven de lo que soy o que la conserje no es perfecta y pese a tener unas piernas interminables su vista es un tanto defectuosa.
Todo ese ánimo no me sirvió de nada en el examen porque cuando me disponia a contestar las preguntas me dí cuenta de que el único boligrafo que llevaba no escribía, para colmo tuve que pedirselo a 5 personas antes de que una amable chica me prestara uno. Yo no se si los demás se pensaban que estaban en unas oposiciones y con el cuento del boli se quitaban a un competidor de encima o simplemente es que les tenian mucho aprecio a los suyos y no se fiaban de mí (tengo cara de malo dicen) Tendré que creer lo que dicen sobre el karma y la retribución de los malos actos, porque al día siguiente sus coches aparecieron rayados, por un vándalo anónimo.





