Une poutine s´il vous plait.

Una sensación de pesadez en el estomago, malestar general y una noche de insomnio dando vueltas en la cama, eso es lo que me ha dejado de recuerdo la primera poutine del año. Para el que no lo recuerde o sea nuevo en este blog además de profano en la gastronomia quebecois (quebequeño me suena muy mal) la poutine es el plato típico de la región, se podría decir que el único, consistente en patatas fritas, queso chicloso y bastante ruidoso cuando se mastica y un buen chorreón de salsa gravy (de carne indeterminada) regando el conjunto, que se suele servir en un plato de corcho blanco. Dependiendo del establecimiento puede ir acompañado de diversos ingredientes, algunos incluso saludables, como salsa boloñesa, verduras, ternera, pollo, tofu...

Cosa importante es no tomarla en cualquier lugar al que nuestros pies nos lleven. Recomiendo encarecidamente que si visitáis Montreal o alrededores, os desviéis de vuestra ruta unos cuantos kilómetros y os acerqueis a un pequeño local de Sainte adele al que los lugareños tiene a bien llamar "Mon oncle" pero que para los foráneos que vivimos allí, no es más (ni menos) que "El palacio de la poutine" donde los más refinados gourmets acuden a rendir pleitesía a su orondo y simpático dueño, que recibe a sus clientes frente a un altar de patatas de color amenazador. El restaurante es considerado por un prestigioso diario canadiense como el tercer mejor lugar donde comer poutine de todo Québec, que es como decir de todo el mundo, pues no se puede encontrar en otro lado tan carismático plato.

La peculiaridad de este sitio es que cierra durante los meses de invierno, cosa que se puede permitir perfectamente pues el preciado tiempo que sus puertas permanecen abiertas al público, por sus puertas fluye una riada de gente, desde hambrientos transeuntes y ángeles del infierno jubilados hasta apocados trabajadores españoles que han jurado fidelidad a la poutine hasta la muerte.

Tantas horas echadas ahí dentro...

I was only 19 - Guerra Mundial Z

Resulta extraño para el lector crítico leer la recomendación de la banda sonora de un libro, pero ese es el caso de esta canción de un total desconocido para el público hispano como es el grupo australiano Redgum. Al fin y al cabo de Australia solo sabemos que es el hogar de paletos como Cocodrilo Dundee y el koala Mofli y que además de allí partía el avión de Lost. Es más, a lo mejor lo que está al oeste de la península es Australia y no Portugal.

La canción cuenta la experiencia de un chaval que abandonaba la adolescencia en plena jungla de Vietnam y es nombrada con frecuencia en la obra cúlmen del género zombi de Max Brooks "Guerra Mundial Z", una original novela en formato de entrevistas a los supervivientes de la guerra global no declarada contra los zombis, bajo un planteamiento realista de la situación, mostrando los puntos de vista de un amplio abanico de personas que se vieron envueltas en la vorágine bélica sin quererlo, como el joven recluta de la canción al que meten en un helicóptero hacia Nui dat dejando atrás una vida que pensaba duraría para siempre.

Una lectura recomendada mientras dure la fiebre por los muertos que caminan en la que nos hayamos sumergidos y que como ocurre con la fama de David Hasselhof, nos atormenta periódicamente con productos simplones, zafios y repletos de miembros desgarrados.



En Laponia hace frío

Cruel, despiadado, inmune a las súplicas, sin remordimientos, sin conciencia de algún tipo... Así es el frío, enemigo despiadado de los invasores de la santa Rusia, elemento fundamental en el devenir histórico, y algo muy sufrido de vivir cuando tienes que ir a trabajar a las 7 de la mañana.

Con todo, no se puede decir que los dos inviernos que he vivido aquí hayan sido demasiado duros para lo que son los estándares canadienses, pero para alguien acostumbrado a pasear en ropa interior durante todo el año y a pernoctar en las más variopintas comisarias, el contraste fue algo más que notable: fue catastrófico. Aun así tuve la suerte de vivir el cambio en el clima de forma gradual, desde las destempladas mañanas de verano hasta las gélidas noches de invierno, pasando por un amplio abanico de temperaturas, con lo que tuve tiempo de adaptarme y conocer las reglas de supervivencia a bajas temperaturas (además me vi un par de episodios de "El ultimo superviviente" y me leí el manual de operaciones de combate en el Ártico, por lo que si algún día me encuentro con un comunista, ya se como acabar con él y luego comérmelo para obtener valiosas proteínas)

La regla nº 1 a la hora de salir a la calle, pues tenemos claro que por desgracia no podemos quedarnos en casa siempre, es la teoría de la cebolla. De nada vale cubrirnos únicamente con un voluminoso abrigo de chinchilla, si acaso existe ese mítico animal o como muchos pensamos, no es más que un sinónimo de rata adinerada. Si tienes pareja es distinto pues vestido así solo puedes ir a un lado y el furor "interior" hará que no sientas el frío ni el calor ni ninguna sensación que no comience en tu bajo vientre, pero para los solteros lo más aconsejable es portar varias capas de ropa al estilo de las "plañideras" verduras, para que las bolsas de aire que se forman entre ellas, impidan que el calor que irradia el cuerpo escape a la atmósfera y con él, pedazos de nuestra vida.

Otra cuestión importante es el calzado, sobre dos pares de calcetines por supuesto. Botas duras y que cubran por encima del tobillo son esenciales pues en no pocas ocasiones deberemos meter la pierna hasta la rodilla en la fría y húmeda nieve. En cualquier caso, no hay que preocuparse, pues no es muy difícil encontrar en las tiendas calentadores de pies y manos con los que evitar la aparicion de sabañones y la pérdida de valias falanges cuya ausencia dificultaría nuestra vida sexual (el que la tenga). Otras prendas con las que proteger nuestro busto, y cuando digo busto no me refiero a los pechos, que para protegerlos a esos ya están mis voluntariosas manos, son la socorrida braga con la que cubrirnos hasta la nariz, el típico gorro de lana que nos librará de un buen dolor de cabeza en mas de una ocasión y algo que yo llamo la "cuellera", una prenda de lana circular no muy extensa con la que cubrir nuestro cuello, pues aquí las bufandas son para vestir durante el otoño. No son nada prácticas en invierno. Para aquelllos que sean cuellilargos, puede que les quede algo corta, pero para los Fernando Alonso del mundo, les sobra la mitad.

Otro complemento que nunca viene mal son unas orejeras, calcetines con pilas para calentar los pies mas fríos, y pantalones de nieve, que nos protegerán de ella y nos calentaran por un módico precio. Si, y todo eso debes ponerte cuando te despiertas tarde y debes salir de casa en cinco minutos. Hay veces en que es mejor perder una falanga, total, para lo que lo voy a usar.

En cualquier caso, no hay que tomarse a risa el frío, ni pensar que porque estamos en un lugar donde es posible la vida humana (algunas casas hay por aquí), no nos va a pasar nada. En cierta ocasión tuve que volver a casa a eso de las 8 de la tarde, siendo noche cerrada y con el vaho helado empapando mi ropa mientras caminaba durante 3 o 4 kilómetros a más de una decena de grados bajo cero. Cometí el error de no proteger demasiado mis piernas y pronto empecé a sentir un leve dolor en las pantorrillas que a medida que pasaban los minutos se fueron volviendo rojizas (no es que las mirara en ese momento pero es lo que suele ocurrir) para a continuación ser asaeteadas por centenares de frías agujas cuyo dolor se hizo patente hasta que llegó un momento en que me veia caminando sobre una nube pues había dejado de sentir las piernas. Basta con ponerse en la piel del veterano John Rambo para saber que no es una sensación agradable que no recomiendo a nadie.




Verlo y entrarte un ligero escalofrío, es todo uno.

Back to the curro II

Es curioso cómo la ausencia de la gente con la que te llevabas bien se acentúa con la presencia de aquellos a los que desearías patear sus partes nobles de forma periódica. En realidad no es para tanto, pero no lo había sentido de primera mano hasta que llegó mi primer día de trabajo en esta nueva etapa. Demasiadas caras familiares se habían marchado ya, y tantas otras amenazaban con hacerlo en un futuro próximo. Por ello, ante la posibilidad de quedarme un poco más solo, una ligera perturbación se extendio por el fino tejido de mi confianza, hasta que recordé que el año pasado me había lanzado sin paracaídas alguno sobre este pueblo del que lo desconocía todo, incluso su grafía correcta.

Así pues respiré hondo y crucé la puerta del vetusto edificio que alberga  las oficinas de mi empresa. Unos dirían que es de estilo colonial clásico, pero a mi me parece un edificio okupado por la junta directiva en el que se instalaron definitivamente ante la pasividad de las autoridades. Puede que algún día venga los GEOS canadienses a obligarnos con la amabilidad de sus porras a abandonar las instalaciones.

Jamás se me hubiera ocurrido imaginar que hubiera tanta gente que pudiera recordarme (de una forma agradable sobre todo) Y aquel primer día, que pese a la cercanía en el tiempo se pierde ya en el recuerdo, lo pasé a medio camino entre el rubor y el agradecimiento por las muestras de afecto de los que habían sido mis compañeros. Incluso una alemana llegó a abrazarme, lo cual, si la vida real dispusiera de ellos, podría considerarse como un logro desbloqueado. Eso si, me clavó los pinchos de su muñequera en la espalda, para que no se diga que los germanos son suaves.

Por motivos de confidencialidad no puedo dar datos sobre mi trabajo, más allá de que en estos momentos no dispone de muchos proyectos por lo que ya el primer día pedí la tarde libre y en el segundo, me colocaron donde acaban todos aquellos que no tienen una función especifica en el organigrama y no pueden despedir porque es sobrin@ del jefe: recursos humanos.

Mi tarea consistía en realizar sendas entrevistas telefónicas a los aspirantes a entrar en la maravillosa industria del testeo de videojuegos. Allí me vi con una pila de curriculums y un teléfono fijo al que hace no muchos años hubiera sido incapaz de enfrentarme. Sin embargo no me costó mucho descolgar el auricular y marcar el primer número, cosas de la edad y de que te importe un pimiento cualquier cosa que no sea tener el congelador repleto de helado.

La mayoría no me cogieron el teléfono. No me extraña pues cuando yo en su día estuve al otro lado de la linea, tampoco lo hice la primera vez, sin embargo un par de personas tuvieron el valor suficiente para afrontar la llamada de un número desconocido y gracias a los minutos de charla que mantuve con ellos descubrí el primer gran secreto de recursos humanos: solo contratan a la gente que les cae bien. Pues son las vibraciones que te transmite alguien con el que hablas, y no lo que ponga en un pedazo de papel, lo que determina tu afinidad con esa persona, que al fin y al cabo es lo más importante a la hora de desempeñar un trabajo en equipo.

Por suerte para ellos, se trataba de entrevistas informales sin ningún valor inmediato pues hasta después del verano dudo que vayan a a necesitar a alguien en la empresa, y para entonces, segundo gran secreto de RRHH,  intervendrá más el azar que los méritos del demandante.

Cuando llegó la hora de marcharme entregué los documentos a la encargada del departamento y me fui con cierta angustia. Entre los solicitantes del puesto se encontraban ingenieros, profesores de ciencias políticas con años de enseñanza en universidad del extranjero, informáticos de amplia experiencia con cuatro idiomas... todo un indicativo de lo mal que deben ir las cosas en España para que gente así aspire a perderse en un pueblo olvidado de la mano de dios en un país a miles y miles de kilómetros del hogar, por un puñado de dólares.
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