El Tao de la escritura

Puedo decir con satisfacción y una pizca de tristeza, que he cumplido uno de mis sueños de juventud: ganarme la vida probando videojuegos; una cosa que tachar de mi lista de "logros" personales (en la jerga del mundillo) Ya solo me queda ser actor porno y conocer a mis lectores, actividades ambas con grandes semejanzas. Eso en mi lista de "posibles", en la de "imposibles" solo tengo tachada una cosa.

Cuando uno piensa, o pensaba de niño, en el chollo que sería que te pagaran por jugar, olvida, desconoce o directamente obvia la parte menos agradable del asunto: lo mecánico del trabajo, las largas jornadas que parecen no tener fin, la poca calidad de la mayoría de los títulos... además de todos los problemas asociados a cualquier trabajo en cualquier lugar del mundo: jefes despótas, jefes incompetentes, trepas, compañeros tocapelotas, la salida de la oficina, jefes gilipollas...

En cualquier caso sigue mereciendo la pena, pues se aprende, y mucho. El apartado al cual me dedico entronca mi pasión por los juegos y la informática, con mi verdadero sueño (de la lista de imposibles): escribir. Mi misión es comprobar que el texto de los juegos sea correcto gramática y ortográficamente, cuando no a traducir directamente del inglés, lo que lleva en ocasiones a apasionadas discusiones en los descansos, sobre la idoneidad de los adverbios, la acentuación de determinadas palabras y demás temas que nos hacen irresistibles para las mujeres.

La última diferencia que tuve fue con un compañero algo tiquismiquis a causa de mi generosidad a la hora de preñar de tildes cualquier texto que caiga ante mis manos. Él me acusaba de ser un dejado del lenguaje y para ello esgrimia no sé cuántos artículos escritos por sesudos miembros de la Real Academia. A su vez yo usaba contra él su apego al diccionario de la mencionada academia para etiquetarle de retrógrado reaccionario. Minutos después estabamos emborrachándonos en casa de un noruego, que el pueblo es muy pequeño y no te puedes permitir ir peleándote por tonterias.

No llegamos a ningún acuerdo. No era más que un nuevo capítulo en la lucha entre estética y eficiencia que se ha desarrollado en el mundo del arte desde que este apareció junto con el ser humano. A mi modo de ver, escribir debería ser como el Jeet Kune Do, desarrollado por Bruce Lee para librarse del corsé impuesto por las katas tradicionales de las artes marciales clásicas. Estas están más preocupadas por las poses que por la eficiencia de los movimientos (quien haya visto "El luchador manco 2" entenderá de lo que hablo)  Lo revolucionario del Jeet Kun Do fue que se olvidaba de la forma, para centrarse en el fondo, en la adaptabilidad a las circunstancias y en la fluidez: be water my friend y todo eso, algo en lo que debería reflejarse la escritura.

Entiendo que en la sociedad deban existir reglas que nos impidan robar lo que nos apetezca o escuchar a Ramoncín, pero al arte no se le pueden poner barreras cuando de expresar conceptos e ideas se trata; y si una frase debe llevar cuatro comas para que se entienda su significado metafórico dentro de un determinado contexto, las lleva y punto. Me da igual lo que digas Martínez.

Honradez a la americana

El sábado pasado me tocó trabajar. Como un panoli era casi el único del pueblo que caminaba por las, ya de por si, solitarias calles camino de la oficina, en una soleada mañana, cuando me parecio ver que algo brillaba a mi derecha. Enfoqué la mirada hacia aquel lado y no me costó mucho encontrar la fuente de donde provenía el resplandor.


Para el que no sea muy ducho con el francés o le cueste entender el idioma, viene a decir algo así como: "¿Ha perdido sus llaves?" y clavadas junto al cartel se puede distinguir (quiza no bien en esta foto pero probad a fotografiar la casa de alguien con el propietario mirándote fijamente sopesando si pegarte un tiro con la escopeta o con su pistola de aire comprimido) un manojo de llaves. Esta mañana pasé por el mismo lugar. Ocho días después, siguen ahí. Solo por eso, merece la pena vivir aquí

El cabo del miedo Segunda parte de mi viaje a New York

Estabamos en territorio americano. Personas de todo el mundo que gastan sus ahorros en un billete de avión, que cruzan el río grande ocultos bajo el manto de la noche o que improvisan las más extravagantes embarcaciones con las que cruzar las aguas que les separan de los Estados Unidos de América darían su vida, y muchas veces la dan, por poder decir lo mismo. Y sin embargo yo no sentí nada especial, si acaso un ligero escalofrío, una mezcla entre orgullo y respeto por un lugar mitificado hasta la extenuación por el 90% de las referencias culturales que hemos absorbido los de nuestra generación.

Un año atrás me encontraba en la sima más profunda a la que puede descender un hombre. Decidí dejar una parte de mi allí y continuar el camino. Y allí estaba, como una prolongada metáfora de mi existencia, se extendía ante nosotros una larga carretera en linea recta rodeada por árboles que nos llevaría a nuestra primera parada oficial: Burlington, en el condado de Vermont.

Burlington es un pueblo no muy grande, cuya cercanía al país vecino y la existencia de un aeropuerto internacional hacen que sea ampliamente conocido por los canadienses en general y por los europeos de mi empresa en particular, pues los vuelos desde allí son más baratos que si se sale directamente desde Montreal.

El plan era hacer todo el camino a Nueva York en coche, pero en el aeropuerto pensabamos alquilar dos y dejar en el parking del mismo los nuestros a buen recaudo. Ya que estabamos decidimos paramos a comer en un local cercano y no pude resistir la tentación de probar mi primera hamburguesa americana.

Si hay algún norteamericano en la sala espero que no se escandalice, pero tras degustar una Baconator en un Wendy´s cercano (no solo de Mcdonalds vive el americano) he de decir que las de Canadá, si no mejores, si que son ligeramente más grandes.

Una hora después arrancamos motores y cogimos de nuevo la carretera. Cape Cod nos esperaba.

A medida que pasaban las horas fui consciente de las inmensas planicies que asolan el país, y eso que recorriamos la costa Este que se supone está más habitada. Entra vértigo el pensar cómo serán los páramos del medio-oeste... Ante tanta extensión de terreno, uno se imagina las carretas de los pioneros compitiendo por ser el primero en apropiarse de prosperas tierras y a los Rústicos en dinerolandia, que no tiene nada que ver, pero que me hicieron gracia en su momento (y la rubia estaba buena) Está claro que si en Canadá no tienes coche, no eres nadie, pero en los USA eres menos que nadie, algo así como un político de IU.


Dos cosas a destacar de las carreteras americanas: no tienen muchas areas de servicio, sobre todo si lo comparamos con Francia (quien haya hecho Montpellier-Paris sabrá de que hablo) y en algunos tramos, se yerguen unas extrañas estructuras cuya función no supimos descifrar. Os dejo una foto para que teoriceis al respecto.

A Boston llegamos cuando ya anochecía. Su skyline iluminado es todo un tributo a Edison, creo que ni siquiera el de NY me impresionó tanto, puede que porque fuera medio dormido y la realidad se fundiera con mis sueños... Con un breve recorrido en coche finiquitamos la visita en espera de una próxima más pausada, pues se hacía tarde y nadie debe circular por las peligrosas carreteras americanas más allá de la medianoche.

Llegamos al hotel Ambassador de South Yarmouth a las 23:59, justo cuando The Creeper nos iba a poner las garras encima. ¿Qué decir del hotel? ¡Qué hotel! Hasta piscina interior tenía, aunque por desgracia cerrada a esas horas. Con todo lo mejor fue el desayuno del día siguiente surtido de donuts de todos los sabores y colores, tortitas, café y gofres cubiertos de caramelo hasta donde alcanzaba la vista. Eso sí, ni rastro del típico desayuno continental.

A bordo de nuestros coches, decidimos recorrer el pueblo en busca de un faro como el que decora las famosas patatas Cape Cod. Nuestra idea era patearnos el lugar pero aunque es pequeño en población, en extensión es enorme. Aún así pudimos ver con todo detalle como se alternaban los típicos edificios de pescadores de estilo británico, que bien podrían llevar allí desde los tiempos de Moby Dick, con las casas labriegas y tétricas salidas de una pesadilla de Tim Burton.

En verano debe ser una fiesta constante, pero a punto de finalizar el año, South Yarmouth es un pueblo triste, solitario y gris que evoca tiempos mejores, donde la gente se aisla en sus SUV y cruzarse con alguien en las estrechas aceras donde la nieve se aferra a la vida, es toda una quimera.

Por mucho que usamos el GPS, no logramos dar con ningún faro así que decidimos parar en una playa, que a mí me parecio familiar desde el primer momento en que hundí mis pies en la arena. Frente a mi, el mar, siempre el mar, que fuera el Océano Atlántico en lugar del Mediterraneo no evitó que por primera vez desde que dejé mi Málaga natal, una lágrima surcara mi rostro y la emoción se apoderara de mi, abduciéndome de la realidad por unos instantes en los que permanecí con la mirada perdida en el horizonte azulado batido por las olas mientras trataba de imaginar si al otro lado, a miles de kilómetros de allí, en una playa similar estaría ella...

Tras secarme las lágrimas con el dorso de la mano y las fotos de rigor, volvimos al hotel a por el equipaje. Nueva York nos esperaba a tan solo seis horas.

Esto es una broma privada que solo entendemos dos personas en el mundo, aún así, tiene gracia.

En el rellano nadie puede oir tus gritos

Todo el mundo habló de REC, todo el mundo la vio.  Por eso me extrañó que el rumor en la blogosfera fuera escaso tras el estreno de su secuela (no os lo vais a creer): REC 2. Como de la primera puedo decir que me asustó hasta el punto de mirar el pasillo de mi casa con otros ojos, decidí descargármela y matar así el tiempo en una de las pocas tardes pre-primaverales que nos quedan.

De primeras pensé que el no haber escuchado nada de la pelicula se debia a mi lejanía de la madre patria, pero tras verla de principio a fin (loco de mi) puedo asegurar con rotundidad que esa no es la razón. A partir de aquí todo es un spoiler continuo así que avisados estais.

El film comienza con un grupo de GEOS que se dirige al edificio donde se desarrollaba la acción en la primera cinta. Lo de que son GEOS lo supongo por la ropa, las armas y tal porque más bien parece un grupo de amigos que han quedado una tarde para pegar unos tiros mientras beben cerveza y hablan de tetas, o en este caso de fútbol (los dos grandes temas de la mascunilidad ibérica)

Habla entonces uno de ellos, con un acento porteño que para si lo quisiera Rodolfo Langostino. ¿Cómo? ¿Un policía argentino? Ya es puntería que aparezca el único policía extranjero de toda España y para colmo lo primero que hace es mentar a Kempes, ya solo falta que sea psicólogo para completar el tópico. O peor aún: dentista.

Decidí dejarlo pasar seguro de que moriría el primero. Llegan los policías al  lugar de los hechos. Allí, el típico comisario imitador de Tito Valverde les recibe y les presenta a un miembro del ministerio de sanidad, y éste abre la boca para presentarse y... ¿de donde leches es ese tio? No lo se, pero por su acento ridículo ya sé que esta película no puede ser seria. ¿Os imaginais El Resplandor protagonizada por Michael Robinson? Pues igual.

Apago las luces pues se que pocos sustos me voy a llevar y llego justo para escuchar que su misión dentro del edificio será recoger una muestra de sangre de la niña Medeiros, ese espantajo que se bosquejaba al final de REC. Tras un primer encuentro con los infectados los policias pierden los nervios y zarandean al médico instándole de malas maneras a que cuente la verdad. Y yo me pregunto, ¿para que pensaban que necesitaban los fusiles de asalto en una intervención médica?

Total que en uno de esos zarandeos, el médico se cabrea y se abre la chaqueta dejándo al descubierto la placa de los curas: un alzacuellos. Y entonces comprendí el por qué del acento: es un emisario del Vaticano para encontrar un antídoto para una enfermedad creada por la posesión infernal de la dichosa niña Medeiros y que solo se puede contraer por contacto con los flujos vitales. En resumen, el demonio es como el VIH solo que aunque tengas mucho dinero no te salvas de diñarla.

En los USA se tiende a atribuir las causas de un estallido Zombie a un misterioso virus o simplemente ni se da un motivo. Aquí, incapaces de quitarnos el manto de religiosidad que recubre la península, recurrimos al padre Carras y a los exorcismos... Investigando logran recuperar un vial con sangre. Para comprobar que es la sangre de la Medeiros, el cura pone un poco en un platillo y apuntándola con un crucifijo eleva unas plegarias al cielo que hacen que la sangre entre en combustión. Y digo yo, si la sangre se quema con un simple rezo, ¿para qué quieren un antídoto? Todo el mundo a misa y se acabó.

Para entonces la historia se ha convertido en un chiste, que mejora aún más si cabe cuando en el edificio se cuelan varios civiles.

Tras varios encuentros con los "zombies", la cámara de los GEOS que grababa todo se rompe (el argentino muere el segundo... mierda). Vemos entonces la grabación de la cámara de tres adolescentes de su tiempo, que intentan hacer volar una muñeca hinchable con tres petardos desde la azotea del edificio adyacente (para que luego se diga de la ingeniería española) La policía los desaloja y se camuflan entre el gentío que contempla curiosa el operativo desplegado.

Uno de los jóvenes se da cuenta de que un bombero y el padre de la niña cuyo perro lo inició todo intentan entrar al edificio acordonado. Tras una fuerte discusión entre la chica (ellas siempre más sensatas) y los dos bandarras, los siguen por las alcantarillas y logran colarse, pero la policía les ha descubierto y sellan la única salida posible.

Los jóvenes y el bombero tienen que huir en busca de un lugar seguro. En uno de los apartamentos son atacados y uno de ellos es mordido en el brazo. Llegan en ese momento los GEOS y el cura, que ven al chaval como una valiosa fuente de información sobre el paradero de la Medeiros, pues siguen necesitando su sangre para el antídoto.

Tras varios minutos, el chaval es poseido y es entonces cuando el demonio habla por su boca. Es muy triste y dice mucho de la educación de este país, que los insultos del demonio sean más inocentes que los del cani al que posee. Insultos peores que los que le profiere al párroco, he escuchado yo en una cola del Chiquipark. Al final consiguen sonsacarle que el mal se esconde en el interior de un ático de Barcelona, algo que los madridistas ya sabían.

Llegados a ese momento decidí desconectar y ponerme a limpiar mi habitación, que eso si que daba miedo de verdad. Llegué a ver que reaparecía la protagonista de la primera peli, a lo Sigourney Weaver (salvando las muchisimas distancias) y que como no podía ser menos, morían todos y se dejaba un final abierto a una continuación que espero no hagan. En resumen, una tarde perdida y varios cientos de megas en mi disco duro.

Viaje al este (I)

Agosto de 2009. El calor acababa de llegar a nuestras vidas en este pequeño pueblo llamado Sainte Adele tras un julio desafortunadamente lluvioso. La gente pensaba ya en periódicas y refrescantes visitas al lago más cercano para estrenar al fin el bikini y/o bañador que habían traido desde Europa, sin embargo, un grupo de amigos y yo teniamos otros planes. ¿Acaso eramos asociales? quizás un poco, pero en realidad lo que hacíamos era pensar a largo plazo: en las fiestas de navidad.

En mi empresa existe una tradición llamada "Spanish vacations" que a semejanza de otras leyendas negras de nuestra nación como la santa inquisición o la discografía de Camilo Sesto, nos ponía a caer de un burro a los españoles, pues tradicionalmente, al llegar la navidad gran número de ellos se tomaban un par de semanas para irse de vacaciones a su casa y no volvían jamás. La realidad era distinta y lo hacía todo quisque, motivados por el invierno tan crudo que hay que soportar, amén de la soledad y el recogimiento que propiciaban más de 3 metros de nieve y -40º de temperatura durante demasiados meses.

El caso es que mis amigos y yo, en previsión de que la tentación de un lugar soleado y libre de mierda blanca (asi llamamos los entendidos a la nieve) fuera mayor que la de tener un trabajo estable, decidimos pasar las vacaciones en otro lugar que no fuera la tan añorada (por motivos climatológicos) España.

Las opciones no eran muchas. En Canadá no hay nada que ver, salvo si eres un oso, un castor o una acelga, cosa que, por si os lo preguntabais, no soy, pero como el país de las oportunidades está a tiro de piedra: un par de horitas desde Montreal, decidimos arriesgarnos y visitar la ciudad que nunca duerme, la que es atacada por Godzilla, terroristas, alienígenas, meteoritos y aún así sigue en pie, la capital del mundo occidental, el hogar de Seinfeld: New York City.

Organizar el viaje tan pronto tuvo sus ventajas. La más importante, ahorrarnos un buen pastizal en reservas de hotel y tener tiempo de organizar rutas y apuntar sitios que ver y cosas que hacer. Aunque como buenos españoles lo dejamos todo para el final y terminamos por improvisar.

Los meses se sucedieron hasta que un día de noviembre, uno de los organizadores del viaje se acercó a nosotros y nos dijo: "Ya que vamos a Nueva York, ¿por qué no vamos a Cape Cod?" Y a todos nos pareció bien, porque ello significaba poder ver Bostón de paso y hollar con nuestros pies las arenas de las playas en las que se rodó Tiburón, o al menos unas que estaban muy cerca.

Pero antes de llegar allí, teniamos que cruzar la frontera, como unos espaldas mojadas cualquiera. No todo lo que se dice de la policía de fronteras de los Estados Unidos es cierto. A mi me tocó uno simpático que me llamó señor. Me hizo tanta ilusión que decidí que ese hombre al que no volveré a ver jamás, será mi amigo por siempre. Antes de descender del coche en el puesto fronterizo habiamos tenido que mostrar nuestro rostro a un guardia enclaustrado en su garita. También nos hizo un interrogatorio sobre nuestra vida en el continente americano. Al principio fue hosco en el trato hasta que le dijimos que eramos testers de videojuegos.

- ¿Tambien probais juegos de DS?- preguntó curioso. Cuando le respondimos afirmativamente intentó sonsacarnos el nombre de algún título pero no podiamos y así se lo hicimos saber. Con cierta renuencia nos dejó pasar y tras aparcar en uno de los múltiples estacionamientos al aire libre, entramos en las oficinas del Homeland Security.

No es hasta el momento que ves el logo de la agencia federal que no recuerdas todo acerca de la Patriot act, las medidas antiterroristas y aquella vez que te disfrazaste de moro en los carnavales del pueblo. Aunque todos los temores se desvanecieron al comprobar que el encargado de tomar los datos a uno de mis amigos, era asiduo al Rocio. Yo también tuve suerte y como he dicho, el que me tocó era majo. Me dijo una tarjeta en perfecto español que tuve que rellenar, teniendo especial cuidado en no marcar las opciones de "Soy un criminal de guerra de la segunda guerra mundial" y "Vengo a matar al presidente y fotografiar la Estatua de la Libertad". Tras dejar mis huellas dactilares, una bonita foto de mi rostro para la ficha del Homeland Security y seis dolares, nos subimos al coche y entramos oficialmente en un país que jamás pensé que llegaría a visitar.

Antes de eso, uno de mis acompañantes realizo el saludo nazi delante de los guardias, de forma involuntaria, pero como no existe documento gráfico que lo atestigue, podeis pensar que es una anécdota de una estúpida película americana.

E pluribus unum

Nunca me he considerado muy europeista. Yo era uno de esos que veia el Euro como una cesión de soberanía que en tiempos de crisis nos costaría caro, que piensa que la bandera azul con el círculo de estrellas solo representa a los burócratas de Bruselas y que las galas de Eurovisión deberían ser usadas en las torturas a los presos de Guantánamo. Hoy, tras ocho meses viviendo en un país extracomunitario y haber visitado la cuna de la democracia, sigo pensando igual pero con matices.

Existe el tópico del enemigo común para unir a un pueblo dividido. Crear uno en caso de que no exista, es una de las tácticas favoritas de los dictadores de turno y de Tony Stark cuando Hulk viene a destruir la tierra por culpa de sus pecados, y en este pequeño pueblo canadiense, nosotros los europeos de la empresa lo hacemos de forma inconsciente con nuestros compañeros de trabajo quebecois debido a su forma de ser. Y es ese rechazo común a los naturales del país lo que nos hace sentirnos un grupo cohesionado algo que trasciende nuestras respectivas nacionalidades.

Debe ser aquello del choque cultural. Se percibe con claridad en la sala de juegos, donde los autóctonos se agrupan alrededor de la última versión del NHL para PS3 mientras al otro lado, italianos, españoles y franceses vociferamos junto a un futbolín intentando desconcentrar a los germanos. Ya conoceis el dicho: el futbolin es un deporte al que juegan dos, cuatro como mucho, y siempre ganan los alemanes.

Así pensaba yo al principio, las primeras semanas, los primeros cuatro meses. ¿Acaso será posible que me sienta tan cercano a ese chaval de Milán como a mi vecino del quinto? me preguntaba mientras mis dientes intentaban taladrar un sandwich de lo que en otro tiempo fue jamón y soñaba con una nación europea capaz de afrontar los problemas del futuro como un todo; de unos ciudadanos hermanados por sus similitudes y su herencia histórica.

Han pasado otros cuatro meses y la situación ha cambiado. El enemigo común sigue ahí, con su arrogancia, su distorsionado concepto de la higiene corporal, su idioma desaforado y descuidado, pero nos da igual. Los alemanes solo se juntan con los alemanes, los franceses con sus compatriotas al igual que los italianos, y los españoles odiamos a todos, incluso a nosotros mismos; porque al final las personas tienden a rodearse de aquellos que entienden su lengua madre, con la que crecieron y vivieron, gente con su misma cultura, pues aunque todos bebemos de la fuente grecorromana, vemos la vida de diferente forma, y sobre todo, porque nos gusta pelearnos más entre europeos que contra unos débiles americanos que no han descubierto el champú.

Feo, fuerte y formal

Las maravillas del mundo son tantas que es imposible conocerlas todas y debemos confiar en el destino o la suerte, en forma de amigo o un enlace a una página desconocida, para que una de ellas se cruce en nuestro camino y podamos disfrutarla. Y eso me ha pasado a mi con la música de Loquillo. Tuve que cruzar el océano para redescubrirlo.

Reunidos en mi casa, un compañero de trabajo y yo, buscamos en el disco duro de su portatil su amplia colección de mp3. Intentabamos culturizar a Luigi, mi compañero de piso italiano, abriendo sus oidos a la historia musical de nuestro pais. Casi se atraganta con los primeros pasos del Perrea, perrea, de Chikilicuatre y con Gran ganga su rostro mostró una mueca a medio camino entre el desprecio y la estupefacción, mientras se planteaba seriamente el visitar nuestro país, como planeaba hacer en cuanto se le terminara el contrato.




Decidimos no hacer sufrir más al chaval y los Fito, Barón Rojo, La Unión, Raphael (es un grande ¿qué pasa?) y compañía se fueron sucediendo uno tras otro, calmando a la fiera italiana que amenazaba rebelión si continuabamos con los anteriores esperpentos sonoros.

Aún vibraban en los altavoces los últimos gorgoritos de Bunbury, cuando la voz rotunda de Loquillo anunció la historia de un Cadillac solitario. El salón quedó en silencio en esos instantes mientras nos veiamos transportados a nuestros propios cadillacs, sentados en mitad de la noche y de la nada, recordando a esa persona que nunca se irá, mientras perdemos la vista en un futuro que no fue.

La canción terminó con el llamado desgarrado a su chica, y de entre nosotros nadie dijo nada durante medio minuto, quizá más. Se había hecho tarde y todos estabas absortos en nuestros recuerdos. La fiesta había terminado.

Yo subí a  mi habitación y enchufé mi portátil dispuesto a quemar la linea telefónica con la descarga de la discografía completa de Loquillo y los trogloditas. Uno tras otro me fueron enganchando sus temas, viéndome reconocido en muchisimos de ellos. Quizá por eso en mi juventud nunca le presté atención, al fin y al cabo los temas de sus canciones me eran ajenos, yo era un joven sin experiencia de ningun tipo que todavia no sentir escurrirse entre sus dedos los finos granos del reloj de arena que marcan nuestros días.

Hace poco me enteré que en mi última visita a Barcelona, estuve paseando por el barrio en el que se crió. No muy lejos de alli, a un par de manzanas solo, lo que son las cosas, permanece mi cadillac, aparcado para siempre bajo su ventana.




Y no volverá a arrancar.

Be polite



Esto es lo que pasa cuando haces enfadar a un basurero canadiense.

Dentro del buche

No se si recordareis la tercera parte de la saga “Superdetective en Hollywood”. Si no es asi, tampoco os perdeis gran cosa de esta critica feroz a la mafia que se esconde tras la factoria Disney y sus parques de atracciones; en cualquier caso, fue en esta pelicula donde por primera vez escuché el termino “brunch” de boca del primo Balky, encasillado ya por toda la eternidad como el cabrero de Mypos que nunca dejará de serlo.

Y os estareis preguntando ¿qué es un brunch? o igual no porque sois cultos y refinados como una solterona treinteañera de NY y ya lo sabeis. De todos modos, para aquellos catetos como yo, lo explicaré.
El brunch es una comida a medio camino del desayuno y el almuerzo, inventada por los franceses para que la aristocracia con sobrepeso y tragaderas infinitas no sientan remordimientos por comer cinco veces al dia.

Siendo más específicos, se trata de una comida ligera que suele constar de huevos, bacon, algo de fruta, gofres, tostadas y/o crepes. La composición suele variar de un restaurante a otro, pero el denominador común es que lo sirven todo mezclado y regado con sirope de arce, en una orgia de sabores como no se ha visto desde el estreno de la última película de Tinto Brass.

Tratandose de una costumbre francófona y viviendo como estoy en esta colonia gabacha que es Quebec, no me quedaba otra que probar el susodicho acto social, pues de eso se trata mas que de comer, y queda especialmente patente en el restaurante de Montreal al que he tenido la ocasión de acudir en varias ocasiones.

Dans la Bouche es un coqueto y amplio local situado en la esquina entre la avenida de Mont Royale y la rue de Bordeaux. La comida es buena, la clientela exquisita pero lo que destaca con luz propia por encima de todo son las camareras que te atienden: un monumento andante a la belleza femenina y al buen servicio, que distrae los sentidos de la abultada factura que depositan sobre la mesa una vez ha finalizado la opipara pitanza. Y es que 20 dolares de media no es moco de pavo, aunque es cierto que el hambre no volverá a hacer acto de presencia hasta el día siguiente. Sitio recomendado con 5 estrellas por la guía Mr Roboto.

Olvidar

Olvidar es ser feliz, no sufrir por los buenos momentos que ya pasaron y nunca volverán, ni recordar el dolor de lo que hicimos o padecimos. Olvidar es comenzar de nuevo, sentir el roce de sus labios contra los tuyos como si fuera la primera vez, despertarse con la incertidumbre de una rutina ausente. Olvidar es vivir. Y para aquellos que no podemos, la memoria no es si no un castigo que estamos condenados a cumplir; y cada segundo, cada recuerdo, cada eco del pasado que se apropia de nuestra conciencia con eficacia acusadora, es una pequeña muerte, un clavo más en el ataud de nuestra alma.

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