El sueño de Morfeo

Me encontraba en medio del encerado con la mirada de mis crueles compañeros puesta sobre mi, sabedores de que iba a ser humillado por las preguntas del profesor Anselmo, que dejarían al descubierto mis carencias estudiantiles.

Señor Mendoza: causas del desastre de Annual, inquirió el vejestorio ante mi disimulado regocijo. No me lo podía creer, ¡me lo sabía! Durante dos minutos estuve exponiendo palabra por palabra el texto que me había leido por curiosidad la tarde anterior. Terminé con una profunda sensación de orgullo y la voluntad sincera de hincar codos con devoción. Sin embargo, el auditorio, ahora del tamaño de un campo de fútbol comenzó a reirse a carcajadas; un estruendo que ahogaba las tímidas llamadas al orden del profesor, que pronto se sumó al jolgorio que se desarrollaba a mi costa.

Cuando miré hacia abajo movido por un instinto primordial similar al que te hace correr en dirección contraria a cualquier animal con dientes afilados, comprendí la causa: estaba desnudo y no solo eso, tenía una maraca por genitales.

Me incorporé de forma automática: la frente perlada de sudor frío, el pulso acelerado y una momentanea desorientación. Había tenido una horrible pesadilla.

Es la típica pesadilla de telefilme americano. Dudo que los permisivos europeos consideren estar desnudo como algo aterrador, y más si es delante de un puñado de hormonalmente revolucionadas adolescentes; sin embargo, un alto porcentaje de personas sufre de pesadillas de otro tipo durante algún momento de su vida.

Sin embargo, existe una clase de sueños mucho peores que las pesadillas. Yo los llamo "Sueños-chasco". Supongo que Freud los bautizaría con un nombre más acertado pero ahora que parece que la psicología va a dar la patada a su psicoanálisis, no voy a molestarme en buscarlo.

Un "Sueño-chasco" es aquel sueño en el que conseguimos alguna o todas nuestras metas y somos inmensamentes felices, tanto, que al despertar por un instante, apenas unas milésimas de segundo, pensamos que todo es real; pero no lo es.

Y es que pasarlo mal es inherente al ser humano, que se regodea en el sufrimiento propio y el ajeno, experimentando un miedo controlado en forma de atracciones de feria o películas de serie B que desaparece al mismo tiempo que el estímulo negativo: el fin de la película o de la pesadilla, que por su caracter incontrolable hace que nos entre el canguis inicial, rápidamente superado; por otro lado, la decepción nunca es asimilable. Uno nunca se acostumbra a aceptar la perdida de lo que se tiene, de buenas a primeras. Es por ello que cuando en nuestros sueños vivimos con el amor de nuestra vida, despilfarrando montañas de dinero o disfrutando del viernes, al despertar solos en la cama de nuestra humilde casa un lunes por la mañana, al volver a la verdadera pesadilla que es la realidad, nos parece que morimos un poco y algo en nuestro interior se apaga para siempre.

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