No diga crisis, diga: ¡Depresión! (I)

El vocablo crisis ha sido integrado en el día a día, como una onomatopeya cualquiera de Chiquito de la Calzada, y ya hasta en la publicidad podemos encontrarnos con la palabra de marras. Lo que convierte el fenomeno, de algo puntual, a una tendencia de duración imprevisible.

En los 70, en medio de una grave crisis del sistema económico de la época, un puñado de ricachones wanna be y ricos a secas, se juntaron un buen día y dijeron: vamos a cambiar las reglas del juego capitalista, como si fuera el Monopoly de mi sobrino y asi podremos ganar más pasta y cuando esté cerca el momento de arruinarnos, ya veremos que hacemos.

¿Y qué ocurre cuando se cambian las reglas del juego? Que Manolito se enfada con Juan porque una regla estaba mal definida, y terminan a bofetadas sobre la alfombra del salón. Sustituye Juan y Manolito por un banco cualquiera y ya tienes la explicación. En realidad es muchisimo más complejo, lo importante es que el momento en que el sistema financiero se cae a pedazos y hay que buscar una solución, ha llegado.

Pero bueno eso da para otro tema. Especialmente de lo que quiero hablar es de la situación en este país, nada comparable al resto del mundo, puesto que aquí acabamos de superar hace unos días, el record guiness de destrucción de empleo en un año, por detrás de Zimbabwe y sus exóticos billetes de 500 millones de dolares zimbabweños. Y no es debido totalmente a la coyuntura exterior.

Desde que Franco abriera las puertas a las suecas en bikini, el motor de la economía patria ha sido el turismo. Luego estaban los altos hornos de Vizcaya, algo de agricultura y ganaderia y la industria catalana. Con eso, más o menos ibamos tirando, aunque mucha gente debia emigrar, pues las guiris y el carbón no generaban grandes cantidades de empleo.

Luego vino la democracia y las inversiones extranjeras, los fondos de cohesión europeos y el desastre mayor: el boom inmobiliario. Miriadas de trabajadores poco cualificados fueron atraidos con cantos de sirena y sueldos en B, aumentando el consumo espectacularmente, mientras el país despegaba gracias al endeudamiento de sus ciudadanos, esclavos del crédito y el banco, sin ellos saberlo.

Apostamos todo al ladrillo y el turismo, y cuando la ruleta se detuvo, perdimos hasta los palos del sombrajo. Incluso llegó a parecer que perdía la banca, pero ya se sabe que esta nunca pierde. Lo peor es que, como un ludópata irredento, sin nadie que le dé dos bofetadas y lo saque del casino, parece que queremos continuar jugándonos todo nuestro capital con los mismos números pese a que se ha demostrado que no tienen futuro.

No se utilizaron los beneficios obtenidos con la construcción, en el desarrollo de una industria moderna, de trabajadores de cuello blanco, pues con la globalización, los proletarios son chinos, bolivianos, paquistanies..., contra cuyos sueldos, no puede competir un cani español que abandonó sus estudios para poder ganar dinero y comprarse un scooter con el que pasear a la novia.

Y ahora, explosionada la burbuja inmobiliaria, desaparecidos los trabajos derivados de la construcción, las playas vacias de extranjeros que prefieren quedarse en casa antes que visitarnos, Zapatero proyecta nuevos empleos, como Hitler proyectaba ofensivas con ejércitos inexistentes, mientras los rusos bombardeaban Berlin. Moncloa es el nuevo bunker de la cancillería del Reich y sobre ella, se abalanzan los despidos, como las hordas rojas sobre la capital germana.

El país se derrumba y al mando hay un ciego que ve cerca la victoria gracias a una nueva arma maravillosa: El gasto público; pero esta, aunque potente, tiene poco alcance y los ERE´s son demasiado numerosos. El hundimiento, es inevitable.

Lamento decirlo, de hecho creo que para cualquiera que tenga dos dedos de frente, es algo que ya se sabe: no hay un plan B.

Soluciones para aliviar, que menos, la crisis hay muchas: Centralización de determinadas competencias autonomicas, desarrollo de energias renovables, reducción del número de funcionarios, importación del esquema productivo europeo con flexibilidad de horarios, facilidad a la hora de crear una empresa, reestructuración de la ley de educación, eliminación de gastos superfluos como los medios de comunicación públicos... pero bueno, dilucidar el éxito o el fracaso de las mismas corresponde a los economistas profesionales. En todas ellas, la esencia debe ser la misma: el cambio.

La mentalidad del siglo XX ha caducado. Esta crisis está llamada a ser un evento histórico al mismo nivel de la revolución francesa o la revolución industrial. Los viejos axiomas y paradigmas no tienen validez en un mundo en que el dinero recorre el orbe en segundos y una masa ingente de hambrientos llama a las puertas del mundo civilizado, dispuesto a esclavizarse por un plato de lentejas. No podemos seguir aspirando a fabricar zapatos, si los chinos fabrican más a menor precio. Esto sólo se soluciona de dos formas: con aranceles o tratando de diferenciarse de los zapatos chinos, por ejemplo, en la calidad o la innovación: en nuevos tejiidos, nuevos diseños...

No se puede hacer como los sindicatos, que piden a Nissan que traigan coches diesel y de gasolina a las plantas de producción españolas y retrasen el coche eléctrico, haciéndonos depender de los caprichos de paises extranjeros e impidiendonos competir con China, donde un coche cuesta 1.000 euros (aunque es más seguro subirse en el coche de Stevie Wonder que en un coche cantonés).

El continuismo que se predica desde todos los estamentos de la sociedad, sólo nos lleva al desastre.

Hablar sobre esta crisis es muy complejo, entre toda una red de dependencias artificiales, mentiras interesadas, cortinas de humo... Lo unico seguro es que las oficinas del Inem están repletas y el empleo no crece del árbol de los buenos deseos.

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