De Lúcidas y Lucías

No soy consumidor de lo que se suele llamar Telebasura, pero aún así, como considero que ningún área del saber me debe ser ajena para tener una visión de conjunto de la realidad, no he sido ajeno al ingreso de la escritora Lucía Etxebarría al nuevo reality de la cadena amiga (que lejos quedan aquellos tiempos) en el que un grupúsculo de pseudofamosos se dedican a hacer el cabra en mitad del campo sin ningún objetivo definido más allá de entretener a las masas con sus tramas guionizadas en despachos lejanos.

Desde el principio tomó el rol de la intelectual del grupo, aunque varios de sus compañeros no tuvieran ni idea de quién era esa señora. Durante el desarrollo del programa, la escritora y una que se zumbó a Paquirrín, tuvieron una discusión, comentando la Etxebarría que a la edad que presentaba la rubia zumbona, ella tenía dos carreras. No pocos días después de aquello, la escritora ha tenido que abandonar el concurso por no poder soportar la presión a la que estaba siendo sometida por sus compañeros. Luego se la ha visto arrastrándose por algún que otro plató, obligada por las deudas siempre, y quedando por los suelos su ya de por si devaluada imagen pública.

Y mi pregunta es: ¿una persona inteligente sería derrotada sin paliativos por una turba de protohumanos como los del mencionado campamento? ¿No han demostrado esos analfabetos funcionales (desde el punto de vista educativo) ser más inteligentes que la premiada literata que solo es capaz de usar como escudo un documento expedido por una autoridad académica y que ha sido incapaz de gestionar las crisis que se desarrollaban en su entorno? ¿Qué es la inteligencia entonces? ¿Es hora de que los gafapastas dejen de dárselas de listos por escuchar a Lori Meyers mientras beben ese agua coloreada que el Starbucks hace llamar café? Seguramente. En cualquier caso queda claro que la inteligencia es saber adaptarse a las circunstancias que te rodean y ganar la partida con las cartas que te da la vida, aunque sean muy malas.

Este reality, que se suma a una larga lista de títulos que pervivirían en la infamia eterna en un país civilizado, muestra una pequeña enseñanza: es un microcosmos de la sociedad española, en la que la gente con estudios tiene que marcharse mientras el cotarro lo dominan los manipuladores, los que están dispuestos a pisar a cualquiera para conseguir sus objetivos y las tías buenas con las piernas más abiertas que la mente. Por eso tienen tanto éxito esta clase de shows.

Falsas apariencias

Hace unos días leí un artículo muy interesante. Planteaba la duda sobre la temática del gran clásico de la literatura de terror: Drácula, de Bram Stoker. A través de varios argumentos no carentes de cierta lógica intentaba demostrar que el libro no va sobre un anciano vampiro transilvano que se planta en Londres un buen día dispuesto a liarse con jóvenes inglesas casquivanas (si es que hay alguna que no lo sea), sino sobre un grupo de personas que sufren una alucinación colectiva cayendo en un estado de paranoia y locura quién sabe si por consumir más opio de lo aconsejado por los médicos de la época.

Sea cierta esta teoría o no, no sería la única obra que resulta ser otra cosa distinta a lo que pensábamos en un principio, siendo uno de los casos más evidentes el de una de las series de animación más importantes de los 80 - principios de los 90. Me refiero a Captain Tsubasa o como fue conocido por estos lares: Oliver y Benji (un diez a este traductor. Irónico si, pero un diez)

Todo el mundo conoce la vida de Oliver Atom, un superdotado del balón cuyo mayor sueño es jugar al fútbol con los mejores pero que tendrá que empezar, como todos, peleando por el torneo juvenil del país. Cuando uno es un niño imberbe sin experiencia en la vida más allá de engañar al heladero para comerte un Frigodedo gratis, uno no ve más, ni menos, que una serie sobre fútbol, donde los minutos se convierten en años, los centímetros en kilómetros y los jugadores en superhéroes de lo cotidiano, capaces de realizar saltos imposibles o romper paredes a balonazos. Sin embargo, con cierto bagaje cultural a nuestras espaldas podemos entrever que las aventuras del jóven Atom esconden un mensaje más maduro tras unos partidos interminables sin ninguno de las características del deporte rey, como demuestra la práctica ausencia de cambios en la alineación y con un árbitro, representante de la ley, ausente del campo de juego, quizás la metáfora más conseguida.

Y es que, "Campeones" (esta serie tuvo más nombres que el Dioni cuando estuvo fugado) es una alegoría de la lucha de clases, emitida en una época en que la guerra fría se encontraba en su momento más álgido. El protagonista, Oliver Atom, es un niño de familia bien cuyo objetivo en la vida es cumplir su sueño de jugar en Brasil, donde se practica el mejor fútbol (para los aficionados del Marca, la serie es de los 80) Este sueño se antoja posible por la aparición de una vieja gloria carioca: Roberto Sendinho. Tenemos aquí una representación clara de la baja burguesía (Oliver) que aspira a un status superior al actual ayudado por el gran capital (Sendinho) y sus atrayentes cantos de sirena.

En principio, parece que el rival natural del jóven Oliver será el aristócrata Benji Price, un portero que vive en una mansión con entrenador personal y que pronto se tornará en aliado, siguiendo el convencionalismo típico de determinados mangas (Dragon Ball, Saint Seiya entre otros), de convertir en amigos a los que previamente fueron enconados enemigos, convencionalismo adquirido tras la reconversión del demonio americano en benefactor del pueblo japonés tras la segunda guerra mundial.

Ambos, juntos con un grupo de niños de colegio de pago, forman el New Team y se lanzan a la conquista del torneo juvenil nacional. Y es aquí donde aparece la principal némesis de Oliver y verdadero protagonista de la serie: Mark Lenders. Pese a lo que muchos piensan por lo tostado de su piel, el capitán del Muppet (equipo en el que juega) no es el primer japonés gitano o gitano nipón (más apropiado) que se conoce. En una escena en la que se recuerda su infancia se ve que es blanco, al menos todo lo blanco que puede ser un japonés.

En un primer momento se nos presenta como un prepotente y chulo jugador, un soberbio que mira por encima del hombro a sus rivales; alguien que de primeras causa un rechazo natural por su comportamiento arisco y dificil. En los siguientes capítulos se desarrolla su papel como villano hasta que se llega al capítulo 43, en el que se esbozan retazos de su pasado.

Es en este episodio donde resurge un nuevo Lenders, un héroe de la clase obrera, que reparte periódicos bajo la lluvia, paladín de los oprimidos por el capitalismo, al que la muerte de su padre siendo niño forjó su carácter indómito. Él no juega para poder viajar por el mundo, él lucha por su supervivencia en un mundo hostil que no perdona a los expulsados del sistema. Quiere ganar para poder acceder a un buen colegio y recibir una educación, ayudando así a su familia y quiere vencer sobre todo para agradecer a sus amigos la ayuda prestada en los años dificiles. Juega por los demás, como por ejemplo, un Ed Warner campechano frente a la altivez de Price, que se lesiona por salvar a un perro; un personaje al que descubre el entrenador borracho del Muppet a saber dónde, porque los lugares que debe frecuentar el tipo no deben ser muy agradables (desde luego dudo que lo sacara de la filarmónica de Hokkaido) otro marginal, otro pobre de la tierra como él, en busca de un poco de dignidad.

Eso convierte la, en principio legítima, motivación de Oliver en un deseo de conseguir un privilegio innecesario a costa de la supervivencia de la clase obrera. Transforma al héroe en villano, en un ser egoista al que lo único que importa es su sueño, siendo lo y los demás superfluo, un ser cegado por la codicia. Igual por ello el destino le castiga con la huida cobarde del que pensaba era su mentor que incumple su palabra de llevarle con él.

Es este hecho el que le hace reflexionar a lo largo de los años. El gran capital le ha fallado. Ha traicionado sus sueños. Ahora lo que le queda son sus compañeros, los pequeños burgueses, que comprenden que deben apoyarse los unos a los otros para conseguir la victoria en el nuevo torneo que se avecina. Mientras, Lenders ha conseguido acceder al Toho donde se ablanda su carácter, una crítica a la cultura burguesa que apaga el fervor revolucionario de los proletarios. Pierde la mirada del tigre y los malos resultados no tardan en llegar. Es entonces cuando Oliver se redime de su pasado capitalista e insiste en seguir peleando partido a partido por sus compañeros, ya no piensa en él únicamente ahora forma parte de un todo, pese a que está en juego su integridad física, su futuro como jugador que puede verse truncado por sendas lesiones en hombro y pie.

Tras un proceso de introspección, que incluye derribar a un águila de un pelotazo, Lenders vuelve a la senda revolucionaria, justo a tiempo para unirse a su ahora compañero Oliver, y compartir así ambos la victoria final. Así pues, la próxima vez que os pregunten qué estais haciendo viendo dibujitos animados, responded: "Preparando la revolución".


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Los mundos de Yupi

Quizás la definición de lo que es la vida que mejor se ajusta a la realidad es: una sucesión continua de decepciones desde la primigenia: ¿Pero dónde he venido a parar? hasta la última y mayor de todas, que nos sobrecoge un instante antes de morir: vivir no ha servido para nada. Pasando por cuando conoces a una chica maravillosa que tiene que abandonar la ciudad días después o cuando sacas un 4 en un examen que crees que te ha salido perfecto.

Descontando las tradicionales decepciones asociadas a la edad, como cuando los reyes no te traen lo que con tanta ilusión les habías pedido, la primera decepción seria me llegó el día en que Barrio Sésamo terminó. Aquello marcó el fin de mi infancia más que pasar al ciclo medio de E.G.B. o ver "Yo soy la justicia" de Charles Bronson, sobre todo teniendo en cuenta que mis preocupaciones en aquel entonces eran saber si Mike Donovan lograría escapar de la nave nodriza o si el bocadillo parlante que, se decía, habitaba en los vestuarios del polideportivo donde hacíamos gimnasia, saldría alguna vez de allí y nos daría una charla sobre el por qué de las cosas (esto se merece otra historia, que algún día será contada)

Una tarde me senté con un bocata de mortadela (la Nocilla era para ricos) frente a la tele dispuesto a disfrutar de una jornada más junto a mi idolatrado Espinete, cuando en su lugar comenzó a sonar una tonadilla absurda mientras en la pantalla se sucedían imagenes de una nave espacial pilotada por un pelocho naranja gigante y un cruce entre Spock y Buzz Lightyear que aterrizaban en Albacete, o un pueblo similar al quedarse sin combustible. Que ya es casualidad que la Tierra tenga 3/4 partes de agua y vayan a parar a Albacete, pueblo cuya única prueba de su existencia que tengo es la guía Michelin y la famosa tonadilla sobre el amor en la tercera edad. Mi primer impulso fue el de lanzar lo que me quedaba de bocadillo: el pico que nunca me ha hecho demasiada gracia y siempre me he dejado para el final y con el que solía ahuyentar a las palomas del parque. Mi proverbial paciencia calmó mis ánimos y decidí darle una oportunidad. Qué remedio, las cadenas privadas no existían y era eso o ver a los abuelos en la plaza blandir sus garrotes amenazadoramente mientras criticaban a Suarez.


Semper Fi

No hubo manera. Aquello era un pestiño de proporciones cósmicas como la procedencia de la pareja protagonista. Parte del encanto de Barrio Sésamo era intentar averiguar programa tras programa, qué diantres era Don Pimpón, aparte de pederasta que diría un moderno amoral socio del FNAC, pero con Yupi es fácil, es un gusiluz naranja, Astrako, de cuyo nombre se pueden hacer tantos chistes que no haré ninguno, el abuelo de Lightyear y los demás, albaceteños pero de los que no dicen palabras extrañas como: mangurrián, tollina o gambitero. Fin del misterio. Buscando información, he averiguado dos cosas. La primera, que el programa tuvo una segunda temporada donde todo el reparto se montaba en una nave y viajaban por el espacio, a lo Star Trek solo que sin alienígenas cachondas. Creo que fue en ese momento cuando decidí dejar la tele y empezar a leer libros y por ello no recuerdo nada de esta etapa. La segunda revelación ha sido traumática. Astrako y Don Pimpón son la misma persona. Suerte que lo he descubierto pasando ya la treintena, de lo contrario, mi mundo se hubiera derruido como un castillo de naipes en medio de un huracán.

El programa de Yupi, a partir del cual se acuñó la expresión "Estar en los mundos de Yupi", no hubiera sido tan criticado y odiado de no haber sustituido a Espinete. Han pasado décadas y aún permanece el misterio: ¿Por qué le quitaron de en medio? No hubo un programa de despedida. Don Pimpón no se quitó la cabeza y nos dejó al descubierto su verdadero ser. Chema no reconoció sus turbios asuntos con las drogas, Ana no anunció su embarazo de un padre desconocido. No hubo nada. Un día estaba ahí y al siguiente, Espinete había desaparecido para siempre. Su muerte televisiva es el Dallas del 63 de los niños de los 80, un hecho que hace que toda una generación se pregunte ¿qué estabas haciendo tú el día que le dieron la patada a Espinete? Solo que nosotros ni siquiera tenemos un Oswald al que cargar el asesinato ni una bala mágica que nos permita tirar del hilo de un caso que, más que ningún otro, se merece un Watergate que disipe el misterio que se cierne sobre el fin de Barrio Sésamo.


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La estatua de la isla

Durante varios años pasé la noche de los jueves pegado a la pantalla de televisión siguiendo las desventuras de los supervivientes del vuelo de Oceanic 815. Por ello, cuando en mi exilio canadiense surgió la oportunidad de ver la última temporada de la serie entre compañeros, y aun así amigos, de trabajo, me apunté sin dudar.
En el lujoso salón del adosado de uno de ellos, nos reunimos siete personas, conjeturando algunos lo que nos encontraríamos en la isla, mientras otros intentaban poner los subtítulos para enterarnos de algo de lo que dijera Desmond (aunque luego resultó que no tenía mucho que decir) No se si aquí será igual, pero en los USA/Canadá hay algunos canales que ofrecen subtítulos en "tiempo real" incluso en los anuncios, aunque muchas veces en lugar de "Mr Roboto´s dick is a masterpiece of the Creation", lo que se lee es "Mr. 4fdty dfck 3fmfsf...."

Una hora después, con la imagen aún fundiéndose al negro, guardamos silencio por un instante; un silencio roto cuando uno de nosotros tiró el borde de la pizza que degustaba y exclamó: "Vaya mierda" (el capítulo, no la pizza) Quedamos bastante decepcionados pero albergábamos la esperanza de que aquello mejorara. No fue así y a lo largo de la temporada nuestro grupo fue menguando hasta quedar reducido a tres valientes para cuando llegó la season finale.
No sabría decir si teníamos mucha fe si simplemente no queríamos despegarnos de la rutina agradable de quedar a comer y beber algo juntos y luego comentar cómo es posible que los guionistas dejaran que sus madres hicieran la calle. Y no solo eso, todos llevábamos años compartiendo nuestras miserias y nuestras alegrías con el devenir de aquella serie cuyo cutre y patético final nos hizo sentir estafados.

Y se acabó. Como decía el agente Smith: Todo lo que tiene un principio tiene un final. Todo el mundo lo sabe, pero aun así, mientras seguíamos a Locke por la jungla, simplemente disfrutábamos del momento, no pensábamos que algún día terminaría, y menos de aquella manera.

A partir de ese día renegué de la serie. No podía ni ver los anuncios de sus reposiciones que daban por televisión, cuando veía las temporadas a la venta en las estanterías de la FNAC pegaba a un gafapasta (por aquello de tener alguna excusa), sus protagonistas antaño admirados me causaban rechazo. Juré que no volvería a involucrarme tanto nunca más. Pero siguieron sacando series y algo había que hacer ¿no? Lo pasé bien con otras, comentando algunas incluso, pero nunca fue lo mismo. Nunca es lo mismo.

Y el tiempo pasa y un día estás aburrido, tu mente empieza a divagar o escuchas una canción que te recuerda a ella, y no puedes resistir más y corres hacia los buenos momentos guardados en DVD que escondías en lo más profundo del armario y no puedes evitar sonreír al recorrer caminos pasados y mientras los contemplas en tu monitor, te dejas llevar por sensaciones que pensabas olvidadas. Pero, y maldices porque haya un pero, no es lo mismo, porque tú tampoco lo eres; los misterios que tratabas de dominar ya no lo son o directamente no importan. Lo que sientes se oculta tras la pantalla invisible del pasado, inaccesible.

Y apagas el monitor, apesadumbrado, con la certeza de que no encontrarás nada que te haga sentir lo mismo.

Este post no va de Lost

Una gamba en televisión

Si alguna vez llega a acontecer eso que tienen a bien llamar futuro, le contaré a los nietos de mis vecinos, cómo antiguamente los coches tenían cuatro ruedas, la coca cola era de pago y en la televisión emitían programas vacíos de contenido, que eran el equivalente a bajarte a la plaza con los colegas a aspirar el humo de los porros que emitían los repetidores, sentados en el banco más alejado de la calle, en ese rincón donde las esperanzas se esfumaban entre calada y calada.

Uno de estos programas es Tonterías las justas, que se emite en la actualidad en Telecinco 3, o Cuatro, como se prefiera, con un trío de solventes presentadores más una maciza importada de la pampa que solo aporta puntuales momentos de sensualidad tolerada, por las amas de casa que se privan de ver Sálvame con el loable fin de salvaguardar la moral de sus retoños (que suelen ser los del banco del párrafo anterior)

Hace no  mucho existía un programa llamado "Estas no son las noticias" presentado por uno de esos cómicos salidos del canal Paramount Comedy (Chanante, ¡¡chanante!!) llamado Quequé, que a la postre comenzó en el programa de Fuentes; pero no aludiré a él pues no haría más que señalar mi condición de viejuno sin vida social.

En dicho programa, aparte de esa diosa en la tierra llamada Ana Morgade, se rodeaba de un nutrido grupo de colaboradores entre los que destacaban David Broncano, un ser a medio camino entre un cani del extrarradio y el saltamontes de Basket Fever, Anna Simón, cuya función no recuerdo más allá de dar lustre y comprobar la resistencia elástica de los modelitos que le endilgaban y Dani Martinez, un imitador-cómico-observador de la vida, muy moderno y con los pantalones por debajo de la rabadilla.

El programa no llegó a disfrutar de un merecido éxito, pese al exceso de globos femeninos que desplegaban cada día. Si se juntara el volumen pectoral de las dos Anas, se podría elevar por los aires una pedanía de mediano tamaño.

A la Morgade se la llevó Buenafuente a su programa pese a que la expresión que adorna su cara más que a la sonrisa, incita a quitarse la ropa, ponerse a cuatro patas y pedir a gritos ser azotado por su implacable látigo. Simón y Martinez dieron tumbos por la parrilla televisiva hasta arribar al programa que nos ocupa, bajo la tutela de Florentino Fernandez, eterno Crispín Clander para una generación, presentador de El Informal para otra, y tontaco mayor del reino para los ni-nis de pocas ambiciones, escasa paciencia y nulas inquietudes.

TLJ es un programa que mezcla elementos de El Informal (poquísimos por desgracia), Se lo que hicisteis, antes de que fueran repudiados como Mourinho en una convención de payasos, por las cadenas de televisión, más el "6 en ranking", una novedosa sección en la que se conjugan los vídeos de caídas, con música disco y una violencia tan light como la carne que enseñan las chicas, que ya ni siquiera tienen el tirón suficiente para hacer que te enganches al programa, desde que Cuatro fue absorbida por la cadena amiga e introdujeron contenido de Sálvame en su escaleta.

Seguramente cuando les cuente todo esto en un futuro los chavales no solo no me creerán sino que me mirarán extrañados y me preguntarán: ¿En tus tiempos necesitabais los ojos para ver la tele?



Adorad todos a los hipno-pechos

Background Theme 7 - Ganbare Kickers!

A quien no conoce "Campeones" (Oliver y Benji para los amigos) se le suele decir que es la historia de Oliver Atom en su busca del sueño de ser jugador profesional de fútbol en un principio y campeón del mundo cuando los azares del destino le llevaron a jugar al Barça. Sin embargo no esta sinopsis no es del todo exacta. La serie no es más que la concatenación de interminables partidos épicos en los que se iban introduciendo los personajes que adornaban la simplista trama.

Sin embargo del protagonista no llegamos a conocer mucho más a lo largo de los casi 200 capítulos. Si, es estafado por un brasileño borracho y una marimacho le tira los tejos, pero estas subtramas no son más que guiños al público brasileño residente en Japón y a las chicas, reticentes a ver fútbol por muy espectaculares que sean los encuentros. Del resto de jugadores del New Team mejor ni hablamos. ¿Le creció el pelo a Bruce alguna vez? ¿Salió Adam del armario o sigue viviendo una mentira?

Quizás por eso algún directivo de Shogakukan decidió publicar un spin off más humano que se centra en los personajes, sin dejar de lado el deporte rey, olvidando cualquier atisbo de tiro del águila o catapulta infernal. Pues aunque "Ganbare Kickers!" (Una de gambas y otra de kikos, en español, aunque es conocida simplemente como Supergol), comienza exactamente igual que la serie matriz, con un superdotado del balón, Rafael Masten, que tras mudarse a otra ciudad, ingresa en las filas de un equipo mediocre, el King, pronto se desmarca de ella, en el primer partido concretamente, donde pierden miserablemente contra el equipo que está llamado a ser su principal rival: El número 1, capitaneado por el hijo de Shiryu, el de los caballeros del zodiaco. Y no será el primer partido que pierdan.

Durante los escasos veintipocos episodios, veremos a los jugadores del King entrenar, hacer travesuras, resolver problemas familiares y en definitiva, conoceremos las pequeñas historias personales de los miembros del equipo. Todo lo contrario que en Campeones, donde se podría sustituir la defensa del New Team por jíbaros y nadie lo notaría.



El King es bueno y vencerá.

Hola, hola, hola ¿qué tal?

Cada vez que alguien recupera del olvido un vídeo de "La bola de cristal", no falta quien lance loas a la transgresión del programa y a como hizo de toda una generación de chavales maleables, personas críticas con el sistema, capaces de pensar por si mismos, inmunes a la manipulación y que, en definitiva molan más que nadie.

A esa autocomplacencia le sigue una crítica inmisericorde a las nuevas generaciones, pobres desgraciados que no tuvieron nuestra suerte y cuyo modelo a seguir es una esponja que vive ahí abajo en el fondo del mar y por los que hay que sentir lástima puesto que ellos no han tenido la oportunidad de abrir sus mentes como tuvimos nosotros.

Cada vez que leo esos comentarios me pregunto si es para tanto. Al fin y al cabo "La Bola..." siempre me ha parecido un sitio donde Pablo Carbonell podía tocar sus temas sin miedo a que le tiraran al río del pueblo; además, donde ahora encontramos soflamas marxistas y una crítica directa al capitalismo, no creo que nadie viera en aquel entonces más que unos muñecos repulsivos y siniestros que hablaban raro, como en "El planeta imaginario" solo que algo más ameno gracias a las reposiciones de "La Familia Monsters", que paradójicamente daban menos miedo que los electroduendes.

Tal vez es lo que buscaban los ideólogos del programa, la asociación del miedo a esos marionetas de látex con los mensajes revolucionarios que preconizaban, creando toda una generación cuya máxima aspiración es hacerse funcionario y vivir del estado sin preocupaciones el resto de sus días mientras se venden al capital en forma de Playstation. Gente que no se mueve ante la privación paulatina de derechos, ni las injusticias, pues su única rebeldía es sentirse conscientes de la situación al contrario que los otros, que se refocilan en su ignorancia. Una conspiración que ríete tú del Club Bilderberg.

Hombres de silicio

Siempre me he preguntado si el cutrerío de la cinematografía hispana es inherente a nuestra herencia cultural o una simple cuestión de mala suerte. ¿Existe dentro de cada español de pro un gen, al que bautizo como "Gen Uwe Boll", que determina la creación de productos audiovisuales deficientes? No ocurre lo mismo en otros campos artísticos desde luego, así que por incompetencia congénita no puede ser. Sin embargo en cuanto a películas y series se refiere, lo excelso es la excepción que confirma la regla. Solo hay que echar un vistazo a "Felipe y Letizia" (también llamados Los amantes de Teruel, según el lado del que se esté) una comedia de situación a la que es inevitable y cruel comparar con "La Reina", film británico del 2006.

Las dos historias parten de la misma base: un hecho que sacude los cimientos de una familia real de antiquísima tradición, hasta el punto de conllevar ramificaciones políticas. Sin embargo mientras en la producción inglesa se nota el cuidado por los hechos, dotados de una dimensión alejada del morbo recreado, y las interpretaciones rayan a un nivel  tan alto como para otorgarle el Oscar a Helen Mirren por su papel de la inquebrantable Isabel II, en el biopic sobre los príncipes españoles nos sirven un plato frío dispuesto a ser digerido por la masa ávida de cotilleo insulso y pasteleo grueso, sin ningún rigor periodístico o histórico que apenas vale como película de sobremesa. Y la gran pregunta es: ¿se pudo hacer mejor o es que no dan para más?

La falta de presupuesto, lema ondeado por los creadores cuando las críticas arrecian, no es excusa. Y para muestra, un botón de los anteriormente citados británicos: Micro Men, una TV movie producida por la BBC, realizada con cuatro perras inglesas (se entiende que con libras, no con las novias de Wayne Rooney) que trata la tensa relación de Sir Clive Sinclair, creador del Spectrum y master del universo y Chris Curry, empleado suyo hasta que harto de los desmanes de un Sinclair magistralmente interpretado por el personaje que hacía Tom Cruise en Tropic Thunder, decide montar su propia compañía: "Acorn Computers" para competir con el tito Clive en el mundo de los microordenadores con el BBC Micro, una máquina casi desconocida en estos lares; aunque su contribución histórica al mundo de la informática es el chip ARM, presente en la mayoría de los teléfonos móviles, pero esa es otra historia más acorde para nerds de esos que gustan de comer los fideos chinos con alicates.



Nuestra futura reina. ¡Vivan sus coronas!

La película no solo nos transporta a los turbulentos y siempre bien recordados años 80 sino que nos permite conocer un poco mejor al señor que hizo que cada niño pudiera tener un ordenador en casa (y centenares de casettes virgenes con juegos) y que resulta que lo que menos le importaba era eso sino dar salida a un coche eléctrico que hasta un perroflauta le tiraría a la cara (quiero uno) El epílogo, a lo "fin del imperio", con esa música de Jean Michel Jarre (icono de aquella década junto con Margaret Thatcher y el helicóptero del Tulipán) es de los que perduran en la memoria.

¿Veremos algún día en la pequeña o gran pantalla algo parecido con la rivalidad entre Dinamic y Opera como protagonistas? Lo dudo mucho. Desde lo más profundo de nuestra doble hélice de ADN, en un chalet adosado repleto de furcias y alcohol, Uwe Boll se está riendo de nosotros ahora mismo (el gen, no el de verdad, que también se descojona cuando alguien paga más de 20 céntimos por una de sus películas)



A quien no le den ganas de echar de la carretera a los dos camiones del final, es que no ha tenido infancia.

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