Memories

Termina el año. Mañana será el día del repaso, como bien podría bautizarse a todos los 31 de diciembre. Es tradición que quien más, quien menos, haga recuento de todo lo acontecido en meses anteriores.

Más allá de crisis y conflictos, este ha sido el año del deporte español, hasta Fernando Alonso, con un auto de choque, consiguió hacer un buen papel. Pero por encima de él, de los ciclistas, de las olimpiadas y de Nadal, ha habido un éxito que hizo vibrar a todo el país: la victoria en la Eurocopa.

Anoche vi un reportaje sobre la misma y me sorprendió la capacidad que aún tenían las imágenes para emocionarme, pese a que no soy muy futbolero.

El campeonato comenzó de la forma esperada. Los "expertos" daban favorita a Portugal, porque en el jugaba el maniquí de moda. Tras el descalabro luso, nadie volvió a sacar el tema.

La selección española deslumbró en el primer partido, como en el mundial de Alemania, y como ocurrió entonces, todos pensábamos que sería flor de primera fase y caeríamos a las primeras de cambio. Entonces llegó Italia.

España ganó la Eurocopa en cuartos de final. El resto fue un paseo. Aun así, podríamos haber sido eliminados por Rusia o los germanos, pero la alegría de la victoria hubiera perdurado frente a la derrota.

Fue un partido de nervios, de ocasiones falladas, alguna que otra jugarreta arbitral y un par de sustos, vamos, lo de siempre, hasta que se llegó a penalties. Para entonces, los nervios de todo aquel que hubiera permanecido delante del televisor, estaban destrozados. La presión sanguínea de muchos, subió a limites alarmantes, y si no hubo fallecidos, fue porque todos los aficionados con problemas de corazón, murieron tras el España-Corea de aquel mundial nefasto.

Algo de ventaja teníamos, no estaba Raúl en el campo.

Antes de la Eurocopa, yo era partidario de llevar al jugador del Madrid a la selección, no como titular obviamente, pero si como revulsivo por si algún partido se trababa más de lo necesario, al estilo Julio Salinas.

Claro que la España de Aragonés, no necesitaba de dichos revulsivos, así que se quedó en casa haciéndose las mechas con Guti. Eso evitó que marrara el penalti que de seguro, hubiera querido tirar.

Todos aguantamos la respiración, cuando Villa se acercó al balón. No falló, Grosso cumplió con su papel, Cazorla exorcizó el fantasma de Joaquín, Cardeñosa, Salinas y tantos otros, con un grito de profunda rabia; De Rossi se encontró con el ángel guardián del Madrid. Todos saltamos junto a él a por esa pelota mientras Camacho se dejaba la garganta celebrando la crucial parada. Senna hizo que hasta el más racista gritara "¡Vamos negro!", Camoranesi continuó con nuestra angustia y entonces llegó Guiza e hizo de Raúl. Todos temimos lo peor, otra vez las lágrimas de desconsuelo, la amargura de la derrota inmerecida, el clamar al cielo por la injusticia...

La cámara enfocó a Casillas, que se levantó con una expresión en su cara que parecía decir "Bueno, me toca salvar el día" y entonces supimos que lo iba a parar y Di Natale aún se pregunta por qué no disparó a la izquierda. Para finalizar, Cesc, la ilusión de todo un país en sus botas, un pedazo de alegría con el que olvidar por unos minutos la crueldad de la realidad en la que vivimos, la oportunidad del desquite, un símbolo de que todo puede conseguirse en esta vida. Con esas mismas botas, rubricó una victoria histórica. Un madrileño y un catalán habían hecho trizas la maldición de cuartos.

Todos los que sufrieron con Sandor Phul, con el fallo de Arconada, con el robo de Al Gandhur, con tantas y tantas injusticias y errores en los momentos más decisivos, se reconciliaron ese día con el fútbol.

Mucho se hablará en el futuro de este año, pero en mi recuerdo, siempre estará asociado a ese partido, a una casa, a esa noche...



Si no se te ponen los pelos como escarpias, ¡es que no eres español! (o no te gusta el fútbol vaya)

La madriguera del conejo blanco

Sobre la revista Playboy recae un aura mística de sensualidad y obsceno glamour. Junto con la coca cola, es uno de los iconos de los USA y no importa en que sucio agujero del planeta te encuentres, que siempre habrá alguien que haya oido hablar de ella, y de sus apetecibles muchachas de portada.

En España, el Playboy (quitando Espartaco Santoni), como el divorcio, era algo al alcance de muy pocos, pero su leyenda se perpetuaba en los filmes y teleseries americanas que bombardeaban nuestros televisores durante la mágica década de los ochenta. Siempre tuve curiosidad por echar un vistazo a la revista, pero donde yo vivo lo único que tenia el kioskero era el Supervixxen. Aquí de siempre nos ha gustado el porno duro.

Con internet y la generosa aportación de gente que mata su tiempo escaneando páginas y más páginas de todo tipo de magazines (gracias esforzados sufridores) tuve la oportunidad de hacerme con varios.

Aún recuerdo cuando "abrí" mi primer Playboy y me encontré paginas y más paginas de texto y anuncios, salpicadas si acaso con algunos dibujos ligeramente picantes. Yo me esperaba un festival de pechos y sexos depilados unidos con el fin de exaltar la libido del lector, pero nada de eso. ¿Donde estaban aquellas bimbos que amenazaban con dejarte ciego de un golpe de torso? Alguna había si, pero se podía encontrar fotos más explicitas y en mayor cantidad en un simple anuncio de chocolatinas de una página web.

Para mi supuso una pequeña decepción en cuanto a tias buenas se refiere. Supongo que como hijo de petardas.com, un puñado de chicas por muy buenas que estén, no son estímulo suficiente, deben moverse y gemir seductoramente además, para llamar mi interés. Sin embargo, descubrí la parte literaria de la publicación, con unos reportajes y unas entrevistas que más de un periodico nacional querria para si.

Interviu, la copia española, no le llega ni a la suela de los zapatos, básicamente porque no tenemos para entrevistar un Arthur Miller, un Coppola o un Woody Allen, en resumen no tenemos a nadie que tenga algo de que hablar más allá de publicitar su último trabajo.

En mi época uno leia el playboy para ver tias buenas. Hoy, un niño lo abriria para culturizarse, si es que le interesara la cultura, que va a ser que no, porque entonces se harian calendarios a todo color de Juan Manuel De Prada y no es el caso, por fortuna.

Larga vida a Playboy y a Hugh Heffner, auténtico titán humano, que se mantiene firme como una roca ante las acometidas de sus esposas, que no sé cómo no le han echado cicuta en el martini ya, para cobrar la herencia. Usa catadores de cockteles Hugh, el macho occidental no puede permitirse perde a su icono principal.

Vivir, vivir... Que bonito

Podría ser la frase del contestador automático del teléfono de la esperanza, pero hace años, era el titulo del programa matinal que encumbro a Pepe Navarro a lo mas alto del olimpo de las marujas.

Corría el año 1992, Sevilla se preparaba para la Expo, Barcelona recibía un lavado de cara que la haría capital del mundo olímpico, y en mi colegio, se iniciaba una remodelación de las instalaciones, que obligó a dividir las clases en dos turnos. A mi me toco el turno de tarde, lo cual me dejaba con las mañanas libres para hacer lo que quisiera.

Como ahora, esa franja horaria no estaba hecha para los niños. Intentaba matar el tiempo con paseos en bicicleta por el barrio y visitas a la biblioteca, donde tenia que explicar al bibliotecario día si, día también, que no estaba haciendo pellas, sino tratando de culturizarme con los mortadelos que podía encontrar en las estanterías. Aquello fue el germen de posteriores aficiones.

Ocurrió sin embargo, que aun así seguía con un excedente de horas libres. Recurrí entonces al entretenimiento por excelencia: la tele.

Las cadenas privadas comenzaban a aflorar para regocijo de ociosos y amantes de las Mama Chicho. Las mañanas sin embargo, iban dirigidas a ese ser en peligro de extinción: el ama de casa, con la eterna Maria Teresa Campos de estandarte, al mando de la televisión pública.

En más de una ocasión en la que el azar quiso que cayera enfermo, había pasado las horas muertas viendo sus teatrillos con Paco Valladares y al tío del piano que nunca supe muy bien que hacia allí. En mi casa, siempre fuimos de la Campos. Todo el mundo tiene un pasado...

Todo cambio un día, cuando me dio por cambiar de canal y poner Antena 3. Eran las once y media y en la tele aparecía un ventrílocuo junto a un bulldog de gomaespuma con mala leche, luego más tarde, aparecia un tipo con aspecto de chulo playas (Navarro) dando paso a un perrito llamado Terminator al que daba de comer un tío con greñas de La Cubana, sobre el cual recaería años después la leyenda urbana de que se trataba de Santi Millán. Entre testimonios de amas de casa y gente denunciando problemas, se desarrollaba el impertinente ¿Tiene usted pelos en la lengua?, que ha posado en la memoria colectiva de varias generaciones... Todo un espectáculo alejado de la ortodoxia establecida por el pionero Jesús Hermida, del cual han bebido la mayoría de magazines matutinos hasta la actualidad. Era una mezcla entre un matinal clásico y el germen de lo que poco despues seria el pelotazo del Mississippi.

Al año siguiente, entraba en el último curso de la EGB. Las obras habían terminado, volvia a asistir a clase por las mañanas y Navarro cambiaba el nombre del programa por el de "Todo va bien". Durante el curso caí presa de los resfriados en numerosas ocasiones, por lo que pude ser testido del nacimiento de Pepelu y Doña Reme (entre otros), personajes que tiempo después reaparecerían en Esta noche cruzamos el Mississippi, para salvarlo del abismo del share bajo.

Recuerdo especialmente el programa de la mañana de aquel día en que España se jugaba la clarificación para el mundial de los USA contra Dinamarca. Tras una valla, varios miembros del equipo disfrazados de vikingos, se agachaban y levantaban mientras alguien del publico debía derribar el casco de alguno de ellos con una pelota, mientras era animado por Pepelu y Igor. Hoy día algo así es impensable.

Terminada mi época escolar, tuve la suerte de poder ver el último programa de Navarro en las mañanas. Fue una transmisión emotiva en la que, tras despedirse de los televidentes, salia al exterior del plato, donde se montaba en un burro, y se alejaba para siempre en el horizonte, llevándose consigo los últimos momentos de mi infancia y los retazos de una televisión que nunca volverá. Una lágrima se deslizó por mi mejilla, ¡¡aunque no lo reconoceré jamás!!
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