Aquí hay mandanga de la buena

El otro día me encontré con mi vecina Conchita en la plaza alrededor de la cual se vertebra mi barrio. Este es un hecho común que se suele dar con frecuencia pues ella es de horarios fijos  y cuando quiero alegrarme la vista para enderezar un mal día, modifico los míos para propiciar el encuentro. Sin embargo en esta ocasión hubo un componente de novedad, más allá del intercambio de saludos, el disfrute de sus pechos y de su prieta retaguardia: a pocos pasos tras ella, trotaba "su Fausti", tal cual me lo presentó.

Lo primero que hice fue mirarlo en toda su extensión. Como mandaba la moda importada de los Estados Unidos imitada primero por las señoras solitarias y adineradas de la capital y más tarde por el vulgo, vestía un conjunto de dos piezas de tweed, tan inapropiado como hortera.

- Saluda a Moriarty, cariñito - le apremió mi vecina, a lo cual Fausti respondió presto levantando ligeramente una de sus extremidades.

Continué fijándome en él mientras giraba inquieto sobre si mismo buscando cualquier cosa que pudiera amenazar a su ama; y fue raro porque el busto de Conchita es de esos en los que centras la vista en él y ya no puedes apartar la mirada hasta que una merecida reprimenda o una bofetada te expulsan de ese nirvana visual.

- Le encontré hace una semana en la calle de mi madre - comenzó a contarme - Había caído un gran chaparrón y le vi en la acera, solo y mojado, al pobre. Total, que me dio pena y me lo llevé a casa. Ahora que llega el frío me viene muy bien por las noches, se tumba conmigo en la cama y no necesito calefacción.

Se echó a reír y Fausti, que se había mantenido al margen mientras conversábamos, fingiendo estar interesado en una mariposa que revoloteaba por los alrededores, se acercó a ella en busca de cariño.

- ¿No es mono mi cosita peluda? - preguntó Conchita sin esperar respuesta mientras le acariciaba tras las orejas.

No era la primera vez que me describía una historia parecida. Al final siempre terminaba dejándoles en una gasolinera, en el centro comercial o cediéndolos a una caritativa amiga para que se ocupara de ellos.

En el barrio todo el mundo sabía que Conchita jamás sentaría la cabeza con ninguno de esos chavales que la obnubilaban con su encanto personal y sus abdominales marcados, hasta que no superara la ruptura con el que fue su gran amor, y dejara su afición al sadomaso.

Me abstuve de decírselo. Me deleité con su escote unos segundos y continué mi camino.

Desde la ventana de la cocina de Conchita, su gato contemplaba la escena, sabedor de que el único rey de esa casa seguiría siendo él.


* Lo del título forma parte de un experimento sociológico para ver cómo de interesada está la gente en que le den mandanga de la buena. Solo recordaros que mi correo está por aquí, en alguna parte. Y si no, mirad en mi perfil.
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