I feel safe in NYC Si, al final llegué

No esperaba que lo primero que vomitaran los altavoces del coche mientras nos adentrábamos en las inmediaciones de Nueva York, fuera una pegadiza bachata que consiguió romper la máscara de imperturbabilidad tan característica de los dos italianos que nos acompañaban, haciéndoles cantar los rítmicos coros de una canción que espero no volver a escuchar. Y es que el skyline nocturno de la ciudad que nunca duerme provoca una eufória difícil de controlar.

Habíamos dado sin querer con una emisora latina que emitia en español desde algún edificio de la gran manzana, haciendo notar el peso de la inmensa presencia latinoamericana en la capital del mundo; algo que ya habíamos intuido tras comer en diversos restaurantes a lo largo de nuestro camino por la costa este, y en los cuales no necesitamos pronunciar una sola palabra en inglés. Si bien en comercios y restaurantes su presencia tras la barra era apabullante, caminando por las calles, era testimonial, sobre todo en comparación con el número de asiáticos (hindúes y orientales) que las abarrotaba allá donde fueras.

Nos alojamos en el hotel Ramada de Queens, donde, descubririamos más tarde en una gasolinera no muy lejos de allí, se alojaba también una familia de Utrera, y una de Salou, y otra de Madrid... vamos que aquello estaba lleno de españoles.

El hotel se encontraba en el típico barrio americano, de calles dejadas de la mano de dios por la sociedad y el servicio de limpieza del ayuntamiento, con su típico proxeneta de piel negra como su alma y su chaqueta de cuero cubierta con un abrigo de piel de chinchilla y sombrero de ala ancha a juego, que controlaba a un par de chicas que trataban de sobrevivir entre cajas de cartón y jeringuillas.

Llegamos al anochecer, y tras un fructífero desayuno rebosante de donuts que jamás olvidaré, nos dirigimos a la estación de metro más cercana para llegar a nuestro primer destino: Times Square.

Nueva York es especial. Es poner un pie en la calle y sentirte protagonista de una película de cine negro, o de una comedia de Woody Allen o de un drama social de Spike Lee. Nueva York es celuloide con forma de rascacielos y largas avenidas, y eso se siente nada más entrar al vagón de un metro que conoces al milímetro pese a que es la primera vez que subes; cuando recorres en su interior las vias que serpentean sobre las calles de Queens, antes de sumergirse en los entresijos de la ciudad y cuando finalmente, asciendes con cierto temor las escaleras de la estación y emerges en pleno Times Square y la luz, los carteles luminosos, las tiendas de lujo, los anuncios a todo color, las pantallas de televisión inabarcables y el río humano que enseguida te envuelve,  te encogen el corazón y sólo puedes abrir la boca para suspirar un apenas inaudible: No puedo creerlo, y se te empañan los ojos porque jamás pensaste que verías algo así, y no te queda otra que echar la vista atrás y ver por todo lo que has pasado para poder llegar a ese momento, todo lo que has trabajado, sufrido, las decisiones que tomaste y las que no... y entonces, solo entonces, te das cuenta que no estás en una simple ciudad, sino en la cúspide de tus sueños.. pero echas de menos algo y ni siquiera el resplandor de los cristales de los rascacielos que se abalanzan sobre ti puede hacerte olvidarlo.


Durante cinco días estuve pateando sus calles, interminables y vivas, visitando sus tiendas, exclusivas y asequibles a la vez, visité edificios famosos, imponentes todos, y tuve la oportunidad de conocer a sus habitantes, menos ariscos de lo que la fama les define. Básicamente lo que hicimos fue hacer la ruta turística básica de todo aquel que va a NYC por primera vez. Para empezar, la visita obligada a la estatua de la libertad.

Nos llevamos una "agradable" sorpresa al comprobar la kilométrica cola de más de cuatro horas que nos esperaba si queríamos coger un ferry que nos llevara a la isla de la libertad a contemplar los bajos de la estatua. Como no queríamos perder demasiado tiempo, decidimos coger el ferry a Staten Island que es gratuito y te permite ver la estatua de cerca. No es lo mismo que tenerla al alcance de tu mano, pero bueno, al fin y al cabo es una estatua y sí, es más pequeña de lo que parece. El viaje duraba una hora en un barco que se movía menos que un autobús y que te permitia una vista impagable del Skyline de Manhattan.

Una vez terminada la visita de rigor, lo más típico: Wall Street, el toro al que, dice la tradición, hay que tocar los testículos para que te de suerte, Rockefeller Center y su pista de patinaje de tamaño ridículo en comparación a como uno se la imagina, la estación Grand Central, Broadway, Central Park con sus árboles pelados, sus ardillas acosadoras, su estatua de Alicia en el país de las maravillas y sus puestos de perritos ambulantes y la Zona Cero, convertida en una inmensa zona en construcción donde las gruas y los ruidos de las máquinas, no consiguen llenar el vacío, ni acallar el silencio de lo que allí ocurrió.

Y así terminé los dos primeros días, con los pies destrozados y la mente  incansable intentando atesorar tantos recuerdos de la forma más eficiente posible. Pero lo mejor estaba aún por llegar.

2 comentarios:

  1. Que bien, que bien, y aun hay más!!!

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  2. Queda por contar una de las anécdotas más surrealistas de toda mi vida!! jaja

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