MRW: Así nacen las aventuras

Hola, soy vuestro amigo Roboto el viajero. Hoy, como ya venia tocando, narraré el principio de todo...

Tras pasar una de las mejores mañanas en muchos meses, en Barcelona (estaba de paso por eso no avisé) tomé el avión que me traería a este destino. Para tranquilizar a todos los que tienen miedo a volar, decirles que acojona más ir a Madrid o Paris o algún sitio de estos cercanos, pues los grandes aviones que surcan las rutas transatlánticas son estables como un portaaviones en un charco. En definitiva, y puede que influido por las drogas que tomé antes de subir a la aeronave, lo único que puedo reseñar del viaje en sí, es que las azafatas eran monas y que una de ellas recitaba de forma tan armoniosa eso de "¿Chicken or pasta?" a la hora de comer, que no me quedó más remedio que darle propina (aunque lo entendió de otra manera y ya nunca volvió a pasar por mi pasillo)

Con fuerte viento de levante... bueno no soplaba viento pero estaba nublado cuando descendí del aparato doliéndome de la bofetada que me había propinado la azafata al tocarle el culo sin querer (ya, ya se que no me creeis, ella tampoco lo hizo) pero ¿qué le voy a hacer si los brazos me cuelgan y se mueven para donde no deben?

Tras recorrer el pasillo hacia la terminal, me encontraba al fin en Canadá o mejor dicho: el país vasco canadiense: Quebec. Hablar en inglés aquí es como pedir unos callos en Amurrio: tienes que correr hasta que las pedradas no te alcancen.

Nada más entrar en la terminal me di de bruces con la realidad canadiense. Es uno de los paises más grandes del mundo pero sin embargo todo es pequeño: el aeropuerto era pequeño, las ciudades y pueblos pequeños y sin embargo todo está donde cristo pegó las tres voces, pienso yo, porque no se soportan unos a otros.

El largo camino hacia la aduana se me hizo similar al que recorren las vacas cuando van al matadero de visita cultural (es lo que les dicen), con enormes ventanales a mi izquierda tras el que podía ver un cielo plomizo y tristón, como las gentes de aquí. Jamás seré tan feliz como el día en que vuelva a ver ese paisaje; bueno si, ocho horas después lo seré aún más.

Un laberinto como los que ponen a prueba la inteligencia de los ratones, me llevó hacia la garita de seguridad donde un policía de gesto hosco y altivo se dedicó a examinar los papeles de los viajeros, amén de una ficha que nos dieron en el avión. También era necesario el resguardo del billete. En ese momento di gracias a dios por no haberlo dejado en el avión pero a continuación lo maldije cuando fui a echar mano de él y no lo encontré en mi maleta.

Tuve que hacerme a un lado y sacar todo lo que guardaba en ella, hasta un resguardo no premiado del sorteo del euromillón logré encontrar antes que el dichoso resguardo. Por fin, con los nervios de punta, llegó mi turno con el pitufo canadiense. Iba a ser la primera prueba de fuego: ¿sería mi inglés lo suficientemente bueno como para desenvolverme en el país? No se para que me hice la pregunta si la respuesta la sabia de antemano y más teniendo en cuenta que los canadienses hablan inglés como si tuvieran una patata en la boca.

No se muy bien cómo, me dejaron entrar en el país. Es un decir, porque antes necesitaba pasar por inmigración. Los que dicen que España es un coladero se equivocan al comprobar el sistema canadiense. No es un coladero no, es un agujero negro comparado con esto. Tres veces me tuve que recorrer el aeropuerto de arriba a abajo para arreglar el papeleo, y que no se me ocurriera saltarmelo, porque lo menos veinte policias te impedian salir de allí sin un permiso. Acabé tan harto, que si hubiera sabido donde estaba la terminal de embarque, hubiera cogido un avión de vuelta a casa.

Con los papeles en regla salí por fin a la calle donde un miembro de la empresa me esperab... pues no, fuera no había nadie. ¿A que me he equivocado de aeropuerto? Pensé mientras arrastraba las maletas de un lado a otro de la entrada, al tiempo que ideaba formas de hacer volar por los aires la empresa.

Unos minutos después encontraba por fin al sujeto que portaba un cartel con mi nombre. Se disculpó porque mi vuelo había llegado con retraso y aprovechando eso, había llevado a otro de los nuevos al pueblo. "Cabronazo" sonreí en voz baja pues nunca se sabe quien entiende español, como contaré en otro post. En fin, el chaval se había disculpado pero yo no estaba para nada.

Montamos en el espacioso coche y media hora despues estaba en mi nuevo hogar, y conocía a mis compañeros de piso: Mario y Luigi, que espero que no se ofendan por este cambio de nombre, pero es para proteger su privacidad. Pero eso, será en un próximo post.

4 comentarios:

  1. Ay, Roboto, que lastimita, ahí, tan solo, tan lejos, en uno de los sitios más aburridos del mundo...

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  2. Yo diría que el más aburrido del mundo!!!! Al volver espero no morir de sobredosis de fiesta!!!!

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  3. Por lo que veo... ¡muchas anecdotas que contar!

    Una duda: ¿aburrimiento y/p paciencia?

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  4. Bueno Hoeman, esto es lo más aburrido que te puedes echar a la cara. Si hiciera buen tiempo, hay muchisimos deportes que practicar, pero no es el caso; por eso no se ve una sola mujer sin pareja, porque lo único divertido que se puede hacer aquí es el amor.

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