And we made our love on wasteland

Para las que adornaban sus carpetas del instituto con fotos de los integrantes de Duran Duran o Nik Kershaw (desconociendo que tendrían más posibilidades de ligar con ellos si se llamaran Eustaqui) cualquier cosa que diga de Spandau Ballet es harto conocido y redundante. Sin embargo hablando hace unos días con un adolescente, este me preguntaba extrañado ante el videoclip de Beat It si el que cantaba era Michael Jackson. Aquello me hizo darme cuenta de que ya no formaba parte de la élite juvenil y que muchas cosas que damos por sentadas no son conocidas por una gran parte de la población.

Spandau Ballet es un grupo inglés que eclosiona en el panorama musical británico a principios de los 80, recibiendo su nombre de la famosa prisión de Spandau donde estuvo preso Rudolph Hess hasta su muerte. Es mundialmente conocido por True, esa canción hecha para estimular el refocilamiento, el intercambio de experiencias, el arrejuntamiento lúdico, el frotamiento gustoso, el folleteo en una palabra, de los jóvenes antes de que apareciera el reaggeton o su abuela, la lambada.

Tras algún que otro éxito y algún sonoro fracaso, deciden disolverse en 1989 para desesperación de miles de quinceañeras que deciden pasarse a los New Kids on the Block como venganza. Yo conocí a una de estas chicas. Jugábamos un 21 en el patio vacío del recreo en una soleada tarde de primavera. Yo llevaba 20 puntos seguidos en la mejor racha de mi vida y la chica (que estaba de buen ver) me dijo que si fallaba me daría un beso. No puedo decir si tiré a fallar, si el azar no quiso que ganara o si el fuerte viento de levante desvió la trayectoria del balón, pero el caso es que no entró. Me las prometía muy felices y ya imaginaba cómo sería ese primer beso, cuando ella se me acercó, cogió el balón y siguió jugando como si nada. Por supuesto ganó ella y su promesa se la llevó el viento.
En ese momento de mi vida debería haber aprendido que jamás hay que fiarse de una mujer, pero era joven y olvidadizo y no asimilé la sabia lección que me había dado la vida. Despechado grité a los cuatro vientos que Tony Hadley cantaba mejor que cualquiera de los NKOTB. La chica se revolvió y me dio un pelotazo en la cara dejándome los morros bien hinchados pero no como yo había esperado. Y es que no hay nada peor que una tránsfuga musical.

Por si aún queda alguna fan, ahora amenazan con volver este próximo octubre a los escenarios.
Pero no es el canto a la sensualidad y las flexiones amatorias que le dió la fama la mejor de sus canciones. En 1986 sacan al mercado un nuevo album Through the barricades que da nombre también a una de las canciones menos reconocidas de esa década: una balada o canción lenta para arrimarse en los guateques (no soy experto en clasificaciones musicales) que habla de la historia de amor entre un protestante y una católica en Irlanda del Norte, en un tiempo en que el odio no dejaba sitio en los corazones para otro sentimiento.

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