Yo os maldigo

Estar en el paro es una de las cosas más aburridas que te pueden suceder. Por ello, mientras se concretan mis planes de cruzar el charco, decidí dedicar mi tiempo al pasatiempo nacional de todo aquel que no tiene un puesto de trabajo: mirar obras.

En la actualidad sólo quedan los esqueletos de cemento de los que estaban a ser llamados enormes bloques de edificios que albergaran en su interior a... bueno, con millones de casas vacías no sé muy bien a quién esperaban colarle tantas casas, pero el objetivo supongo que era que algún primo las comprara para vivir entre los frios muros de pésima estética y nulo aislamiento sensorial de esas edificaciones con una arquitectura a medio camino entre lo funcional y lo carcelario.

Sin embargo, en los limites del pueblo con la naturaleza domesticada, si que se pueden encontrar edificios totalmente terminados y carentes de vida. Si uno se detiene unos segundos a contemplar las terrazas vacías, quizás pueda sobresaltarse con el reflejo engañoso de un rostro tenebroso en el cristal de una de las muchas ventanas que parecen mirarte amenazantes, pues tras ellas sólo hay oscuridad y vacío.


Todo lo que veis en la foto de arriba está deshabitado. Únicamente el encargado de mantenimiento se suele pasar por allí una vez a la semana. Centenares de pisos esperan la oportunidad de que una familia los acoja. Su espera será eterna, pues de los balcones de los pocos adjudicados, penden coloridos carteles de alquiler.

Frente a ellos, un parque destinado a los niños es pasto del tiempo y el polvo. Acaso recinto de diversión para drogadictos y gente de mal vivir que encontrarán en su lejanía de la civilizacion, un refugio ideal para sus correrías nocturnas. Los obreros ni siquiera se molestaron en destapar las palmeras y dejar que sus hojas se mecieran con la suave brisa que recoge esos parajes.

Con todo, el descubrimiento más fascinante llegó cuando me decidí a hacer caso omiso de una verja que impedía el paso por una carretera que se perdía tras unos montículos de piedra caliza.


Por delante, decenas de metros de acera con aparcamientos para... bueno, no hay un sólo edificio a la vista. A la derecha un terraplén y a la izquierda unos montículos insalvables. El propósito del espacio reservado a los coches se me escapa.

Continúo por la recién asfaltada calzada, encontrándome por el camino señales de tráfico por los suelos, paradas de autobús, árboles derribados, islas ecológicas inutilizadas... parecía un sitio arrasado por algún desastre que hubiera borrado cualquier rastro de vida a kilómetros, pues apenas se oía el trinar de unos pájaros lejanos.

Prosigo cauteloso, con la esperanza de hallar pronto el lugar donde desemboca la carretera. Imagino que a un edificio que se alza imponente sobre un monte que logro divisar a los lejos. Al girar en un recodo, me doy de bruces con la realidad.
Este es el final de la vía. Un paso de cebra inútil y una malla. Me recuerda a un chiste de Faemino y Cansado. Me pregunto por qué dejarían inconclusa la obra. Miro a mi izquierda. Puede que fuera por falta de fondos o puede que porque encontraran restos arqueológicos, como estos que descubro a poca distancia.


¿Fenicio? ¿Romano? Quién lo sabe. Es cuanto menos perturbador. Recuerda a un pescado o a una mujer a punto de desmayarse según la posición desde donde se mire, lo que denota que quien lo construyó poseía un alto grado de civilización.

Pero no puedo detenerme mucho tiempo, pues un sinuoso camino asciende hasta lo alto de la montaña donde se yergue un colosal edificio, también abandonado.

Jadeando por el esfuerzo y sediento por no haber sido previsor y no portar conmigo una botella de agua, llego a la cima. La carretera cortada, el final inesperado, el silencio atronador.... Todo eso para llegar aquí.


Una farola, un banco y una papelera. El último resquicio de civilización... Si George Taylor arribara antes de tiempo a nuestro mundo, al pasear junto a la orilla del mar, no dudaría en repetir su lamento al contemplar a pocos metros del inexorable mar, los restos de una civilización fallida que no supo detenerse siquiera un instante y preguntarse si de verdad hacía falta. No verá la estatua de la libertad semienterreda, verá una costa cubierta de cemento, igual de estéril para la vida que un páramo postnuclear.

Si alguien piensa que la economía volverá a reactivarse continuando con la construcción de estas moles perdidas en ninguna parte, que degradan el paisaje y cuestan un ojo de la cara, es que está demasiado cegado por el dinero y un progreso mal entendido. La crisis está significando un cubo de agua fría para la borrachera que estaba disfrutando la civilización. Una suerte de locura colectiva que nubló nuestro pensamiento, nos hizo inmunes a las consecuencias de nuestros actos y nos llevó al borde del abismo. Estamos empezando a sufrir la dolorosa resaca, pero tarde o temprano, volveremos a estar sobrios. Aunque mucho me temo que de las cenizas en las que inevitablemente se convertirá todo, surgirán de nuevo colosos de acero y cemento. Y no habremos aprendido nada. Y el mundo seguirá girando.

Pero no importa. Al final, la vida se abre camino.


Flores para mi Reina lejana.

4 comentarios:

  1. este paseo por la urbanización desolada me ha retrotaido a algunas escenas de "soy leyenda"; que repeluco!

    Ya nos contarás que planes transoceanicos son esos.Estoy en ascuas!
    Ciao!

    ResponderEliminar
  2. Es un paisaje postapocaliptico. A ratos me recordaba a Mad Max y a ratos a Soy Leyenda. De noche te aseguro que no me acerco por allí ni loco y más por lo que encontré y que no he publicado para evitar problemas :S

    A ver si dentro de poco puedo dar noticias sobre . Cosas de supersticiosos :P

    Abrazos mil!

    ResponderEliminar
  3. ¿Y si la farola fuese "mágica"?

    Amigo, te falta un toque de romanticismo :P

    ResponderEliminar
  4. Jajaja tendré que probarlo. La próxima vez que vaya, la frotaré a ver que pasa :)

    ResponderEliminar

Con la tecnología de Blogger.