Ya he vuelto

Y en un descuido se la metí hasta dentro... la maleta de una señora que me tomó por un mozo o directamente por un pringadillo y que solicitó mi ayuda para subir su abultado equipaje al compartimento destinado a albergarlo. La verdad, no entiendo como la gente puede arrastrar semejantes armatostes que casi les doblan en altura, e ir por el mundo esperando que alguien les ayude; cosa nada recomendable, y si no, que se lo pregunten a Joselito.

Siguiendo la tónica de acercamiento a otras culturas, si en la anterior ocasión tuve por compañero al único moro del viaje, esta vez tuve en suerte compartir de nuevo asiento con el único extranjero: El colombiano impasible. Tal como llegó, se sentó a mi lado, cruzó sus manos sobre su regazo, se reclinó en su asiento y cerró los ojos, quedando sumido en un fingido sueño, por un periodo considerable de tiempo.

Así, arrancamos rumbo al norte, lejos del clima templado de la costa.

Con el colombiano impasible haciendo como que dormía a mi lado, y sin nadie formando un espectaculo, parecía que el viaje se presentaría tranquilo como una visita a la fabrica de Valium, pero como cualquier historieta que cuento por aquí, no fue así.

En Bobadilla, conocí a la hija coraje. Ya antes de entrar, se la podía escuchar vociferando por el anden, que ella debía subir al tren lo más rápido posible, porque su padre apenas se podía sostener en pie y su madre padecía el corazón, cosa comprensible si la hija berreaba de aquella manera todos los días. Lo que no entendí muy bien es por qué ella debia entrar antes si los que estaban mal eran sus padres, pero bueno...

Sus planes de sentarse rápido se vieron frustrados por el caudal de gente que circulaba por el pasillo. Ante dicha situación, cambió su discurso por el de "que nadie me quite el sitio, que yo me siento en el 23", cosa que repetía sin cesar, como si las butacas no estuvieran numeradas.

Los jubilados junto a los que pasaba, no se si por seguirle el juego o tantear hasta donde podría llegar la ira de aquella mujer, le iban preguntando, dónde se sentaba ella. En el 23, respondía cada vez más fuerte ¿y adivináis quien iba sentado en el asiento 23? efectivamente, yo, pero como el colombiano se hacia el loco, la hija coraje la tomo con él. Durante un par de minutos estuvo derramando bilis e insultos sobre el pobre hombre, que no se inmuto lo más mínimo frente a semejantes ataques verbales.A mi me hubiera dado un subidón de tensión, pero claro, viniendo de un sitio donde te pueden acribillar a balazos por respirar en el sitio equivocado, el que una vieja blanda su puño amenazador ante tu cara debe ser algo así como una broma, puede que allí la comunión sea así.

Antes de que la hija coraje se percatara de que insultaba al hombre equivocado, me ofrecí a intentar solucionar la cuestión; así que le pedí el billete. No se en que universo paralelo veía esa mujer, pero en el billete ponía claramente que le correspondia la butaca 35. Gritando que ese asiento no existía, siguió avanzando hacia el fondo del vagón, donde se perdió por el resto del viaje. Puede que la vergüenza acudiera a ella y se le presentara en sueños cual Freddy Krueger, para atravesarla con un poco de educación.

Pasaron las horas con parsimoniosa lentitud mientras esbozaba la versión porno de Hamlet (próximamente en vuestras pantallas si antes no se me presenta el fantasma de Shakespeare para ahogarme con la almohada) cuando de repente, algo se movio a mi derecha: el colombiano impasible, que sacaba de su chaqueta un kit kat, que engulló entero, juro que no le vi masticar.

De haber sido una mujer, no hubiera dormido en toda la noche presa de la excitación ante tamaña demostración de habilidad (que vale que un kit kat es delgadito y no muy largo, pero yo no puedo ni meterme la punta de un chupa chups en la boca sin que me entren arcadas) pero al tratarse de un tío de 2 metros simétricos, no podría haberme dormido ni con un cubo de tranquimazin entre pecho y espalda: a saber si le gustaban los palitos de pescado...

Con la llegada del alba, sucedieron dos cosas. La primera de ellas, que me desperté. En algún momento me había quedado dormido y el colombiano había finalizado su viaje. La segunda, que entrábamos a Barcelona, así que empecé a arreglar un poco mi arrugada ropa para que no me confundieran con un mendigo, cuando escuché unas risas que venían del principio del vagón.

Los que reian eran los amigos de la paja, un grupo de jubilados que recorrían España a costa del contribuyente, y la Costa Azul cuando los viajes del inserso se suspendían. Uno de ellos, mientras desayunaba un batido de chocolate de esos que llevan caña para beber, había apretado con demasiada fuerza el envase, vertiendo parte del liquido sobre el pantalón de su señora. De inmediato se sucedieron los chistes sobre lo sucio que era hacerse pajas y la suerte que había tenido la mujer de no haberse manchado con leche...

Con el bochorno de haber presenciado a unos jubilados hablando de sexo, aún presente en mis mejillas, llegamos a la estación.

En Barcelona, todo muy bien. En el metro no vi a La Rizos, sólo a unas cuantas colombianas, tres chinos, un senegalés y varios ecuatorianos. Y luego en la calle, no sólo no vi a la Fle, si no tampoco un par de farolas, un chicle pegado al suelo que aún llevo en los zapatos como recuerdo y una papelera.

De Barcelona se pueden decir muchas cosas, menos que es pequeña. Hace falta coger un bus para cruzar algunas calles y la grandeza de sus edificios produce tortícolis a quien está acostumbrado a pequeñas casitas de no más de tres plantas, como yo. Y pese a que ya no se celebre más el ficeb, sigue habiendo cosas interesantes por ver. En fin, no es cuestión de hacer un publireportaje de la ciudad, más que nada porque no hice ninguna foto. Mejor que la veáis vosotros; lo que me ha dado una idea.

Como he comentado en el anterior post, puesto que tantos sois de Barna, y no he podido veros, y a los demás os pilla más cerca la ciudad condal que Los Boliches, la próxima vez que acuda, podríamos quedar un día para vernos las caras y lo que surja... ya lo iremos hablando.

En resumidas cuentas, fueron unos días maravillosos los que pasé allí, pero todo se acaba, y más pronto de lo que me hubiera gustado, me vi de nuevo en la estación de Renfe, de vuelta a casa.

Dice la biblia que los últimos serán los primeros. No estoy seguro de ello, pero lo que si sé, es que los primeros que monten en el tren de largo recorrido a Málaga, será la última vez que lo hagan. y es que los asientos numerados del uno al seis, más que como lugares de reposo y descanso, pueden ser definidos como instrumentos de tortura medieval, por tener un asiento justo enfrente mirando hacia ellos, cosa harto incómoda si tienes la mala pata de que te sientes delante de alguien como yo.

Encontraba injusto e indigno el haber tenido que pagar lo mismo que el que se sentaba cómodamente detrás de mí, sin nadie al que golpear con las piernas; y así se lo hice saber al revisor, que no me hizo ni caso. Eso si, más tarde me vengué cambiándome de asiento y haciéndome pasar por otra persona, lo que le produjo un pequeño quebradero de cabeza, pero en fin, hasta que no se celebre el juicio no puedo hablar de ello.

Por ello, cuando en Alcazar de San Juan, se desunieron varios vagones, me encontraba despierto para presenciar la entrada de la extraña pareja. Él moreno gafapasta, rollo "soy moderno y seguidor de viruete.com pero aún así me gusta Muse", físicamente endeble y bajito, nada del otro mundo en resumen. Ella, dos metros íntegros de rubia escultural, labios carnosos color regaliz rojo y curvas antideslizantes; no más de veintitantos los dos.

No es que yo me queje, porque estoy con la morena más maravillosa de toda Cataluña y el resto de España, pero el mundo está muy mal repartido. ¿Cómo es posible que una mujer así pueda enrollarse con un hombre capaz de fliparse con la Hobby Consolas? ¡A estas alturas!; porque se sentaron justo en los asientos de delante, obligándome a recoger las piernas en una posición harto incómoda, y se pusieron a hojear dicha revista y más tarde a jugar a la Nintendo D/S

Entre coqueteos e increíbles muestras de desprecio del tipo hacia semejante monumento (pues se permitía negarle la comodidad de su asiento, prefiriendo dormir él y que ella se jodiera (sola)) se me fue la noche, completamente insomne por lo incómoda de mi postura, pues evitaba tocar a toda costa rozar siquiera las perfectas piernas de la rubia que se retorcía en su sillón como si... bueno eran las tres de la madrugada y a esas horas imaginaba muchas cosas.

Y así termino un viaje interminable que me dejó más de una secuela física. Para los que no me hayais visto nunca, si quereis reconocerme por la calle, es muy fácil, soy el que anda en cuclillas

2 comentarios:

  1. Ay señor, tienes más razón que un santo: Los que sufrimos los trenes de largas distancias tenemos ganado el proceso de beatificación, la nintendo DS y un pase vip a la mansión playboy!!!
    Estos viajes o se hacen por amor o no se hacen!!!
    Un abrazo.

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  2. Pues si Tortlon, el amor o una apuesta es lo único que puede motivar a alguien para pasarse más de 6 horas subido a un tren, por mucha gente rara y/o chicas guapas que se conozcan.
    Algún día alguien escribirá la gran novela americana, localizada en un tren...
    Un abrazo!!!

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