El día de la bestia

Nada hacía presagiar que lo que había comenzado como un anodino día de invierno más, se iba a convertir en una pesadilla para muchos.

Las cinco de la tarde. La gente aún desperezándose de la obligada siesta, el sol lamiendo las calles con sus agobiantes rayos, la brisa agitando las ramas de los arboles de las que tímidamente despuntan varios tallos haciendo presagiar la primavera. De entre las sombras de lo olvidado, surge un ser maligno de ojos tristes, mirada torva, piel zahína, dientes de acero y muy mala uva, que recorre las calles de mi barrio hasta que llega a una de las vías con las que hace esquina mi casa. Allí se detiene, olisquea el aire en busca de una presa. Puede oler el miedo en el ambiente, tan intenso que podría untarse en una tostada y luego comerse con su consiguiente aporte calórico.

Desde las múltiples ventanas que flanquean la carretera, decenas de aterradas miradas no pierden detalle de los movimientos del animal deseando con todas sus fuerzas que no se acerque a ellos. Pero él está inquieto, algo lo retiene en ese lugar, tal vez el delicioso aroma de los restos de un asado que descansan en la parrilla de un bar cercano.

Y entonces ocurre lo esperado, como una bestia embiste el coche de uno de los vecinos, con tal fuerza que la alarma antirobo se dispara. El animal asustado comienza a rebuznar furiosamente.
El dueño sale de casa a toda prisa para encontrarse la puerta de su auto abollada por la cabeza de un burro, que yace semiinconsciente en mitad de la calzada. El ruido hace salir a la gente a la calle, se arraciman cerca del pobre jumento que, sorprendido, apenas logra moverse en pequeños círculos, paralizando el tráfico.

Alguien llama a la policía nacional. Tras soportar cinco minutos de risas ininterrumpidas al otro lado de la linea, decide llamar a los locales (por aquello de que entre especies se entienden, apunta de forma maliciosa una señora que pasaba por allí) Transcurren los minutos y la única autoridad presente es la de un guardia civil jubilado, vecino de nuevo cuño que poco hace aparte de mirar divertido el andar nervioso del borrico. Mas la alegría se torna pavor, cuando el animal se lanza a la carrera, en persecución de un pobre hombre que volvía de comprar el pan y que, atónito, comprueba como 90 kilos de bicho se dirigen hacia él a toda velocidad. Como por instinto, tira la bolsa del pan por los aires y huye a la carrera hacia un muro que fácilmente salta, poniéndose fuera del alcance de todo peligro.

El burro mientras, saborea su triunfo en forma de baguette. Al fin aparece la policía: una pareja con pinta de haber salido de patrullar de Puerto Banús: morenos, altos, gafas de sol reflectantes, andares chulescos.... parece ser que en la central nadie les avisó de la naturaleza de la llamada, pues al ver al asno comiendo en mitad de la calle se detienen estupefactos. ¿Que van a hacer ellos, jóvenes modernos que únicamente conocen los caballos del motor de su coche, con un recuerdo arcaico de lo que fue esta España subdesarrollada?

Lo primero, como le recuerda uno de los conductores que llevan inmovilizados demasiados minutos por culpa de la historia, es quitarlo de enmedio. En el coche patrulla llevan una cuerda de emergencia (amarilla y naranja fluorescente) pero he aquí que después de tantos meses de academia, ninguno sabe hacer un nudo en condiciones.

Como haría John Wayne o Sam peckinpah, uno de ellos confecciona un lazo y consigue atrapar al escurridizo animal. Pero el nudo es demasiado endeble y como si de un peludo Houdini se tratase, el jumento se zafa una y otra vez. Entre las risas vecinales, los policías se ven impotentes, no hay quien mueva al asno de allí. Ni siquiera lo consigue un espontáneo, borracho como una cuba, que intenta llevárselo al ritmo de los Chunguitos. Como quiera que esto no funciona (debe preferir a los Chichos, apunta la misma señora guasona de antes) el dueño del bar le cede al policía una zanahoria para ver si con el reclamo el jumento avanza. Quizás lo hubiera conseguido de haberse acercado más, pero retirado a 5 metros de distancia no hay manera. Si os ataca un burro, no contéis con la policía, les tienen miedo.

Las risas se pueden escuchar ya a kilómetros de distancia. Dedícate al toreo, le gritan al ruborizado y algo cobarde policía que no se atreve a acercarse más. Más de uno va en busca de su cámara de vídeo para inmortalizar el momento y ganar de paso un dinerito si lo envían a uno de esos programas sin ideas pero mientras, los flashes de las cámaras de fotos iluminan el lugar, pues la noche cayó hace rato.

Molesto porque el jolgorio de la calle no le deja dormir, hace acto de presencia mi vecino enfundado en un pijama hortera, le arrebata la cuerda al policía sin mediar palabra, "amarra" en condiciones al borrico y le vuelve a ceder la cuerda para que se lo lleven. Al fin el bicho se mueve, se lo llevan calle arriba. Todo está bajo control, pero por si acaso, aparece un segundo coche patrulla, para cortar la retirada al burro en caso de que este consiga huir; lo cual intenta hacer, pero es rápidamente reducido y conducido al calabozo. Cosas así sólo pasan en mi barrio.

5 comentarios:

  1. Pobre burrillo, cuánto burro había de espectador, XDDDDD más burros que el burro. Si es que estos jodíos urbanitas.... Al campo, al campo, todos al campo. XDDDDD Besos.

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  2. Cual es tu barrio??? Vaya cosas que pasan, ja ja. Ya me hubiera gustado verlo.
    Un saludo.

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  3. Pues si, en mi barrio somos bastante animales Raquel :D me incluyo el primero porque bien me rei con la actuacion policial.
    Mae, el nombre de mi barrio no te lo puedo decir por motivos de seguridad :) pero estas invitada a visitarlo cuando quieras :D
    Besos!!!

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  4. Y que lo digas "rizos". Se podria escribir toda una enciclopedia de anecdotas, como la del garage que tiene el tio de Antonio Banderas por allí, pero bueno esa es otra historia :P
    Como a Mae, te invito cuando quieras a visitarlo :)
    Un saludo!!!

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